A la vera del Camino Real: un día de asado, viñedos y carretas antiguas a menos de cien kilómetros de la Buenos Aires
Un trazado de 16 kilómetros pavimentados, con historia desde el siglo XVII, invita a una jornada completa de gastronomía criolla, granjas, paseos entre vides y aires de campo en el partido de Luján.

El día se presenta con esa neblina mañanera que se levanta recién cuando el sol empieza a calentar el asfalto de la ruta 7. En el kilómetro 72, casi sin darse cuenta, el conductor dobla a la derecha y el ruido de la ciudad se va quedando atrás, como si alguien bajara el volumen de a poco. Ahí empieza un tramo pavimentado de 16 kilómetros que los lugareños conocen desde hace siglos como el Camino Real al Alto Perú y que, con el tiempo, se convirtió en una de las escapadas rurales más completas que ofrece el partido de Luján. Yo había escuchado hablar del lugar mil veces, pero recién este mes pude recorrerlo de punta a punta, con la cámara en el bolsillo y la libreta en la mano, para contarles qué se encuentran hoy quienes se animan a desviarse del Acceso Oeste.
La historia pesa, y mucho, sobre esta huella de tierra mejorada. La senda data de mediados del siglo XVII, cuando las carretas que iban hacia el norte se detenían en postas de descanso y aprovisionamiento. Con el paso de los años, esas paradas se transformaron en restaurantes de campo, granjas abiertas al público, cabañas, campings, puestos de productos regionales y hasta espacios con tirolesas. Lo notable es que el camino sigue siendo el mismo, con sus cunetas a los costados y sus curvas suaves, y que conserva algo del ritmo de antaño, ese que obliga a bajar la velocidad y mirar por la ventanilla.
De granjas y comedores criollos en los primeros kilómetros
Apenas se entra al Camino Secundario Provincial 064-05, los primeros establecimientos aparecen a la derecha. El primero es un lodge con spa y propuestas de aventura, ideal para quienes buscan combinar relax con adrenalina. Dos kilómetros más adelante funciona una granja con laguna propia, donde el menú del mediodía se arma con fiambres, empanadas, pastas, asado y postre, y se complementa con talleres de amasado de pan y contacto directo con los animales. La jornada allí arranca a las diez de la mañana y se estira hasta la hora de la merienda, de modo que da para pasar el día entero sin moverse.
A medida que uno se acerca a Carlos Keen, la oferta gastronómica se vuelve más densa y más criolla. Hay parrillas, casas de campo y comedores donde la cocina se transmite de generación en generación. En uno de ellos, según me contaron, el menú incluye especialidades que se preparan con recetas familiares que superan el siglo de antigüedad. Otro, enclavado en medio de un bosque, se hizo famoso por su picada, sus empanadas y sus carnes a las brasas, servidas en mesas largas bajo los árboles, como en una versión moderna de las antiguas postas.
Vides, malbec y un parque con juegos para los más chicos
Pasado Carlos Keen, el tramo que lleva hasta Villa Ruiz suma un atractivo que sorprende para la zona: un viñedo con catas y recorrida entre cepas de malbec, pinot, tannat, cabernet sauvignon y marcelan, donde además se puede almorzar con menú maridado. Más adelante aparece un restaurante con parque amplio, que ofrece menú libre y complementa la comida con actividades al aire libre pensadas para toda la familia: búsqueda del tesoro, vóley, fútbol, juegos de mesa y un taller de pan donde los chicos se ensucian las manos de harina. Cerca del final del recorrido, una casona de 1897 reconvertida en hotel de campo convive con comedores especializados en lechón a la estaca, bondiola con salsa de cerveza negra y pastas caseras, un cierre a la altura de la mejor sobremesa.
La capa histórica: Azcuénaga y las estancias del período rosista
El recorrido no se agota en lo gastronómico. A las afueras del pueblo de Azcuénaga se conservan parte de las instalaciones de una estancia construida en 1755, donde en 1834 se firmó un documento político relevante del período rosista. Por ese mismo lugar pasaron figuras centrales de las guerras civiles argentinas, y la arquitectura del casco principal todavía deja leer esa época, con sus galerías anchas y sus patios interiores. Es un alto recomendable para quienes gustan de mezclar el plato de asado con un poco de historia bien servida.
Para llegar en auto desde Buenos Aires, lo más simple es tomar el Acceso Oeste hasta Luján y empalmar con la ruta 7. En el kilómetro 72 se dobla a la derecha y, tras 12 kilómetros de asfalto, se arriba a Carlos Keen. Si se continúa, en otros cuatro kilómetros se llega a Villa Ruiz, ya sobre el final del trazado. No hay que apurarse: el encanto del Camino Real está justamente en la velocidad lenta, la del carrito, la que todavía hoy, en pleno siglo XXI, se puede recuperar a menos de cien kilómetros de la Capital.
Consejo práctico para el visitante
- Salir temprano: la mayoría de los establecimientos abren alrededor de las 10 y conviene llegar antes del mediodía para asegurarse mesa en los comedores más concurridos.
- Reservar con anticipación los fines de semana, sobre todo en las parrillas de Carlos Keen y en el restaurante con maridaje de vinos, donde la demanda suele superar la capacidad.
- Llevar ropa cómoda y calzado cerrado: parte del recorrido incluye granjas, viñedos y actividades al aire libre que se disfrutan mejor sin apuros ni tacos.
- Combinar la visita con la jornada completa: la estructura del camino permite desayunar en una granja, almorzar en un comedor criollo, hacer la merienda con picadas en el bosque y cerrar el día con una copa de malbec frente al atardecer.
- Aprovechar para conocer el casco de la estancia histórica en Azcuénaga: es un alto cultural que enriquece la escapada y le da contexto a la gastronomía de la zona.
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