Caminar por las entrañas del Malacara: una invitación a meterse dentro de un volcán en el sur mendocino
En el paraje La Batra, la familia Quezada administra un recorrido que atraviesa dos cárcavas y sube a un mirador con vista a la laguna de Llancanelo, entre paredes amarillas, depósitos negros y la huella de un encuentro entre magma y agua que la geóloga Corina Risso empezó a estudiar hace más de dos décadas.

Llegué a La Batra con el viento del sur todavía empujando la camioneta por la huella de ripio. Lo primero que vi, antes de divisar cualquier relieve, fue a Beto Quezada parado junto al alambrado, con las manos en los bolsillos y una sonrisa de quien ya conoce el truco que guarda el cerro de atrás. Me dijo, casi sin saludarme: “Cuando lo veas desde adentro, no vas a poder creer que esto es un volcán”. Y tenía razón.
Porque el Malacara, acá nomás de Malargüe, en el sur de Mendoza, no se visita mirando desde el borde del cráter como uno imagina cuando piensa en un volcán. Se visita metiéndose dentro. La propuesta es caminar por sus entrañas, recorrer dos de las tres cárcavas que tiene y subir después a un mirador del que, si el día acompaña, se alcanza a ver a lo lejos la laguna de Llancanelo, con su espejo brillando entre los bardos del llano.
Un campo que dejó de ser solo un campo
El recorrido se hace en un campo de la familia Quezada, que desde hace varios años administra las visitas. Antes de abrirse al turismo, en esas hectáreas se criaba hacienda y nada más. El cambio llegó de la mano de una geóloga curiosa y de un peón que sabía leer el terreno: en 2000, Alberto “Beto” Quezada acompañó a Corina Risso, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires, hasta el Malacara. Dos años después, Risso presentó sus estudios en Malargüe, y la familia empezó a trabajar con guías de la zona para mostrar el lugar.
Las primeras salidas, me cuenta Marta Quezada, de 52 años, se hacían a caballo por senderos del propio campo. Recién en 2006 una antigua huella petrolera, de las que dejaron las exploraciones de hidrocarburos en la zona, permitió entrar con una camioneta. Después llegó la maquinaria para ir acomodando el camino y hacer el acceso un poco más amigable, aunque todavía hoy el viaje hasta la boca de las cárcavas tiene esa cuota de aventura que a los mendocinos del sur les gusta preservar.
Amarillo, negro y un poco de frío en el medio
- Paredes onduladas donde se ven los estratos de antiguas erupciones, con tonos amarillos, ocres y grises que van cambiando según la luz que entra por arriba.
- Depósitos negros de lava fragmentada, más arriba en el recorrido, que se desgranan al tocarlos y dejan una mancha de polvo en la yema de los dedos.
- Grietas y pasadizos por los que circula un aire notablemente más frío, una rareza que se agradece en pleno verano sureño.
- Un mirador final, al que se accede después de una trepada corta, desde el que se distingue a lo lejos la laguna de Llancanelo y, en días claros, la línea de la cordillera.
Esos colores no están ahí por casualidad. Corina Risso, que volvió al lugar para repasar lo que aprendió en sus campañas, me explica que el Malacara se formó por la interacción del magma con agua, probablemente de una antigua laguna que ocupaba el valle. Ese encuentro fragmentó la lava y la alteración posterior de los materiales pintó buena parte de las paredes de amarillo. Cuando el agua dejó de intervenir, la erupción siguió su curso y se acumularon materiales oscuros sobre los anteriores. Mucho después, la erosión del agua y del viento abrió los pasillos por los que hoy se camina.
“Cuando lo veas desde adentro, no vas a poder creer que esto es un volcán”Alberto “Beto” Quezada, administrador del predio en La Batra
Me llamó la atención algo que parece menor pero termina siendo clave: los tres cráteres que tiene el Malacara en su parte alta quedan prácticamente ocultos para quien lo recorre desde abajo. La forma del terreno y la vegetación los disimulan, así que uno termina la caminata con la sensación de haber estado adentro de algo enorme sin haberlo visto desde afuera. Es una vuelta de tuerca que muy pocos volcanes en el mundo permiten.
Cuando volví a la entrada del campo y me despedí de Beto, ya con el sol pegando más bajo, me quedé pensando en lo que me dijo al principio. Tenía razón: cuesta creer que esa mole que parece una loma más del paisaje sea un volcán con sus tres cráteres, sus colores pintados por el agua y sus pasadizos abiertos por el viento. Y que para entenderlo haya hecho falta una geóloga porteña, una familia criancera y un poco de locura mendocina.
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