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Criar sin límites no es criar con amor: por qué decir "no" también es cuidar

Especialistas en crianza advierten que la ausencia de normas claras puede afectar la regulación emocional y la tolerancia a la frustración en la infancia. La clave, dicen, está en sostener la autoridad con presencia y sin violencia.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda · 27 DE AGO DE 2026 · 4 min de lectura
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Lo escuché en una plaza de Palermo un domingo a la tarde, mientras los chicos corrían detrás de una pelota y los padres discutían, sin gritar, sobre cuándo era la hora de irse. Una mamá le decía a otra: "Yo ya no le pongo límites, porque total se enoja y es peor". La otra, enojada, le contestó: "Pues yo a la mía le digo que no y le explico por qué, aunque llore". Me quedé pensando en esa escena porque, sin saberlo, esas dos madres estaban protagonizando un debate que hoy atraviesa a las familias argentinas: ¿criar con diálogo significa ceder en todo? La respuesta corta, según las especialistas consultadas, es no. Y la larga, la que vale la pena leer, es la que sigue.

La trampa de negociar siempre

Cada vez más familias, sobre todo en los grandes centros urbanos como Buenos Aires, Rosario o Córdoba, apuestan por reemplazar las órdenes a secas y los castigos por conversaciones largas, a veces eternas, con los hijos. El problema aparece cuando ese diálogo se vuelve una negociación permanente y el adulto termina cediendo para evitar el conflicto. Para la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", hay cosas que se negocian en familia y cosas que directamente no entran en la mesa de discusión.

“Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil

Autoridad no es lo mismo que autoritarismo

La especialista marca una distinción que a mí, como lectora y como adulta, me parece clave para ordenar la cabeza. El autoritarismo, explica, es un abuso de poder: imponer sin escuchar, sin explicar, sin contemplar al otro. En cambio, ejercer autoridad es otra cosa: es sostener una posición con cariño, con explicaciones a la altura de cada edad y con la convicción de que el chico necesita saber que hay un adulto que lo cuida y lo guía. Respetar a niños y adolescentes, insiste Raschkovan, no equivale a dejarlos hacer lo que quieran: el respeto está en el buen trato, no en la ausencia de normas.

Los tres estilos que ya describía la psicología hace más de sesenta años

  • Estilo autoritario: reglas rígidas, poca escucha, obediencia por miedo o por repetición de la orden.
  • Estilo permisivo: mucho afecto y poca estructura, donde los límites brillan por su ausencia.
  • Estilo democrático o autoritativo: combina normas claras con diálogo, afecto y explicaciones. Es el que más especialistas recomiendan como punto de equilibrio.

Estos tres modelos fueron descriptos en los años sesenta por la psicóloga Diana Baumrind y siguen vigentes a la hora de pensar cómo criamos. Lo interesante es que ninguno es bueno o malo de manera absoluta: lo que la evidencia viene mostrando es que el estilo que combina firmeza con cariño es el que mejor funciona para que los chicos crezcan seguros, autónomos y capaces de manejar la frustración.

El miedo a que se enojen

La psicóloga Deborah Bellota pone el foco en un rasgo muy frecuente en las familias de clase media urbana de hoy: los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, muy presentes, pero muchas veces no ponen límites "por miedo a que el hijo se enoje con ellos". Esa dinámica, explica, puede favorecer la autoestima y el vínculo, pero también genera dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia a las figuras de autoridad. Es como si el amor, sin estructura, quedara a medio camino.

“Son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración.”Ivana Raschkovan

Esa capacidad de tolerar el "no", aclaran las especialistas, no aparece de forma espontánea: se aprende, se ejercita, se construye. Si un niño no experimenta el límite en un entorno seguro, donde un adulto lo sostiene y lo contiene, es probable que después no tenga los recursos emocionales suficientes para procesar situaciones difíciles fuera de la casa, en la escuela, en un club, con amigos, en el trabajo cuando sea grande. Bellota agrega que el trabajo del adulto no termina cuando dice "no": empieza ahí, en lo que viene después, en cómo acompaña la frustración, en cómo explica el porqué, en cómo sigue estando cerca aunque el chico esté enojado.

Me fui de la plaza con la sensación de que aquellas dos madres, sin saberlo, habían resumido en una charla de domingo una de las discusiones más necesarias de nuestra época. Criar con amor no es esquivar el conflicto ni dejar que los chicos hagan siempre lo que quieren. Criar con amor, dicen quienes estudian esto todos los días, es tener el coraje de decir "no" cuando hace falta, explicar por qué, sostener la decisión y, después, abrazar. Porque los límites, bien puestos, no separan: contienen.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda

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