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Cuando despedir es todo lo contrario de callar: cinco rituales que convierten la muerte en encuentro

De Nueva Orleans a Ghana, pasando por México, Bolivia y el Pacífico, distintas tradiciones convierten el último adiós en música, color, comida y comunidad. Un recorrido por formas de duelo que procesan el dolor en lugar de esconderlo.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda · 27 DE AGO DE 2026 · 4 min de lectura
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Voy a ser honesta con quien me lee: este tema me llegó de una manera que no esperaba. Hace unas semanas, en una recorrida que hice por el barrio de Flores, me crucé con un vecino que estaba sacando las plantas del balcón porque se le había muerto su madre. Me quedé conversando con él largo y tendido, y en un momento me dijo algo que se me quedó tatuado: «Yo no la quiero llorando en el cajón, la quiero en la mesa con un buen asado». Tenía 54 años, se llama Ernesto, y sin saberlo me estaba resumiendo lo que investigué durante días para esta nota. Existen formas de despedir a los muertos que no tienen nada que ver con el silencio ni con los rostros largos. Son tradiciones que, lejos de negar el dolor, lo abrazan, lo cantan, lo bailan, lo comparten. Y lo más interesante es que detrás de cada una hay una lógica social y emocional muy concreta: transformar una experiencia que abruma en una experiencia que se atraviesa con otros.

Nueva Orleans: la banda que va del llanto al baile

Cuenta la tradición que, cuando alguien muere en Nueva Orleans, una banda de música acompaña el cortejo fúnebre desde la iglesia hasta el cementerio. La particularidad está en el recorrido: la música arranca lenta, casi como un réquiem, y a medida que el féretro avanza por las calles se va volviendo festiva. Familia, amigos y vecinos terminan bailando alrededor del cajón. No es falta de respeto. Es, justamente, todo lo contrario: una manera de honrar la vida que se fue y de sostener a los que quedan. La música hace de hilo conductor entre el dolor y la celebración, y permite que cada uno transite su duelo sin tener que esconderse detrás de una coraza.

México, Bolivia, Ghana y el mar: cuatro maneras de correr el velo

En México, el Día de Muertos —reconocido por la UNESCO como patrimonio cultural intangible— parte de una premisa que a mí, particularmente, me sigue conmoviendo: las almas regresan al mundo de los vivos durante unas horas. Las familias arman altares con la comida favorita del difunto, flores de cempasúchil, velas y objetos personales. Los cementerios se llenan de color y de gente que pasa la noche entera junto a las tumbas. La muerte no se vive como ausencia sino como presencia temporaria. En Bolivia, cada 8 de noviembre se celebra la festividad de las Ñatitas en el Cementerio General de La Paz: los creyentes llevan cráneos humanos, los visten con flores, coca, cigarrillos y velas, y los reciben bendecidos. La tradición sostiene que esos cráneos cuidan el hogar y pueden interceder por la familia. En Ghana, en cambio, la creatividad aparece en el ataúd: es común que se encargue un féretro con la forma del oficio o la pasión del difunto —un pescado para un pescador, un avión para un piloto, un libro para un escritor—. La ceremonia puede extenderse hasta tres días e incluye coreografías durante el traslado del cuerpo. Y entre los surfistas del Pacífico existe un ritual que me parece de los más bellos que leí: los deudos se meten al mar con sus tablas, forman un círculo, arrojan flores al centro y cada uno dice unas palabras sobre el fallecido. Si hubo cremación, las cenizas se esparcen ahí mismo, en el lugar que el muerto amaba.

  • Nueva Orleans: cortejo fúnebre musical que pasa del llanto al baile comunitario.
  • México: Día de Muertos, altares con comida, flores y velas para recibir a las almas que regresan.
  • Bolivia: festividad de las Ñatitas, con cráneos humanos bendecidos comoprotectores del hogar.
  • Ghana: ataúdes con forma de objeto, oficio o pasión del difunto, ceremonias de varios días.
  • Surfistas del Pacífico: círculo en el agua, flores al centro y cenizas esparcidas en el mar.

Más allá de las diferencias culturales, todos estos rituales cumplen una función social y psicológica que atraviesa cualquier frontera. Le dan un marco colectivo a una experiencia que, vivida en soledad, puede resultar aplastante. Compartir el dolor con otros, tener un momento y un lugar específico para expresarlo, ayuda a transitar la pérdida de una forma menos devastadora. No se trata de no llorar: se trata de que el llanto conviva con la música, con la comida compartida, con el abrazo, con la risa que también es parte de recordar a alguien. Cuando terminé de armar esta nota, volví a pensar en Ernesto, en sus plantas del balcón y en su asado imaginario. Le escribí un mensaje para preguntarle cómo estaba. Me respondió con un audio largo, y al final me dijo: «Vos sabés que mi vieja adoraba los ñoquis del 29, así que el 29 me junto con los pibes y los hago». Ahí entendí que él, sin saberlo, ya tenía su propio ritual. Y que, en el fondo, todos estamos inventando uno.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda

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