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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando el cuerpo se acostumbra al alerta y uno deja de darse cuenta: así se siente vivir en modo supervivencia

Dormir mal, perder el hilo de las ideas o explotar por cualquier cosa puede no ser una semana pesada sino un cuadro de estrés sostenido en el tiempo. Una recorrida por las señales que aparecen juntas pero que, combinadas, cuentan otra historia.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda · · 4 min de lectura
Cuando el cuerpo se acostumbra al alerta y uno deja de darse cuenta: así se siente vivir en modo supervivencia

Son las siete de la tarde y el colectivo viene lleno, como siempre, con esa mezcla de olor a plástico caliente y auriculares peleados por el último centímetro de espacio. Me apoyo contra la barra y escucho a una mujer, unos años más grande que yo, que le dice por teléfono a alguien que no duerme, que se le nubla la cabeza, que cualquier pavada la hace explotar. Del otro lado del tubo suena un "ya vas a ver que se pasa". Me quedo pensando en esa frase, porque es la misma que nos decimos casi todos cuando el cansancio deja de ser normal y se convierte en algo que ya no se va solo con un fin de semana tranquilo.

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos llevan años advirtiendo lo mismo: el estrés que se estira en el tiempo no pega un portazo, se va colando de a poco. Dificultades para dormir, problemas para concentrarse, cambios de humor y una menor capacidad para tomar decisiones aparecen muchas veces juntos, pero otras veces se presentan sueltos, como piezas sueltas de un rompecabezas que uno mira sin terminar de armar. Una noche te despertás a las tres de la mañana sin motivo, al otro día olvidás lo que ibas a decir a mitad de una frase y a la semana siguiente reaccionás con una intensidad que hasta a vos mismo te sorprende por una boludez.

Lo que dice la ciencia, con números concretos

Una revisión publicada este año en la revista Frontiers in Psychology juntó 45 revisiones y más de dos mil estudios y encontró algo bastante claro: las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos, sobre todo en memoria, atención y capacidad de organizarse, aparecen de manera consistente en los cuadros de estrés crónico. Otro estudio, publicado en 2024 en Neurobiology of Stress, sumó que la exposición prolongada puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad mental y el control de la conducta, tres funciones que uno usa sin pensar hasta que dejan de responder como siempre.

“El problema aparece cuando la respuesta de estrés no logra apagarse. El cerebro deja de administrar bien recursos básicos: organizar, recordar, priorizar y responder con calma se vuelven tareas que consumen más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University

A esto se suma un dato que a mí, particularmente, me parece de los más importantes y que casi nadie menciona: la rutina puede seguir en pie mientras el cuerpo y la mente ya están operando al límite. Alguien puede seguir llegando a tiempo al trabajo, contestando mensajes, cumpliendo con los hijos y con el supermercado, aunque por dentro esté durmiendo fragmentado y tenga una tolerancia a la frustración cada vez más corta. Esa continuidad es la señal engañosa que hace que uno piense que está bancando, cuando en realidad lo que está haciendo es sobrevivir con el piloto automático encendido.

Las señales que, tomadas de a una, parecen pavadas

  • Despertarse cansado aunque se haya dormido las mismas horas de siempre.
  • Perder el hilo de una conversación o no encontrar una palabra que uno conoce bien.
  • Irritarse por cosas menores: un mensaje mal contestado, una cola larga, un ruido.
  • Dormir peor: o levantarse con la sensación de no haber descansado.
  • Sentir que organizar el día demanda un esfuerzo que antes no existía.

En los últimos años, sobre todo en redes y espacios de bienestar, se popularizó el concepto de modo supervivencia para describir justamente este estado de alerta sostenido. No es un diagnóstico clínico y los especialistas lo aclaran cada vez que pueden, pero sirve como una manera de ordenar señales que, si las mirás por separado, parecen insignificantes y hasta ridículas. Lo que importa no es tanto el nombre que le pongamos sino el patrón, porque cuando el cansancio deja de ser normal y se convierte en estrés crónico lo que está en juego es la salud física y mental, y eso es algo que no se resuelve solo con un buen café a media tarde ni con un domingo de película.

Volviendo a la mujer del colectivo, me quedé con una imagen que me cuesta sacar de la cabeza. Era una señora de unos cincuenta y pocos, pelo corto, cartera grande, y una voz cansada que sonaba como la de muchos de los vecinos con los que uno cruza palabra en el barrio. Identificar el patrón a tiempo es la diferencia entre una semana exigente y un desgaste que, si se prolonga, termina cobrando intereses en el cuerpo y en la cabeza. Y a veces, la mejor forma de cuidarse es permitir que esa frase de "ya se va a pasar" se transforme, aunque cueste, en una consulta, una conversación honesta o, simplemente, un pedido de ayuda a tiempo.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda

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