Cuando el deseo de los padres se vuelve una deuda: la culpa que heredan los hijos
La psicóloga Cynthia Wila sostiene que las expectativas familiares pueden transformarse en mandatos imposibles de cumplir. Su ensayo La culpa invita a distinguir entre la responsabilidad por los propios actos y el reproche permanente que muchos cargan desde la infancia.

Me lo crucé en una charla de librería un martes a la tarde, de esas a las que uno va porque se siente un poco perdido y necesita escuchar a alguien que ponga en palabras eso que no sabe cómo nombrar. La psicóloga Cynthia Wila estaba presentando La culpa, su ensayo editado por Paidós, y lo que dijo me resonó de una manera que todavía me sigue dando vueltas: muchas de las exigencias que cargamos como propias no nacieron en nosotros, sino que llegaron desde afuera, disfrazadas de amor, y se nos instalaron tan profundo que ya no distinguimos dónde termina la responsabilidad y empieza la culpa heredada.
El peso de los sueños que no se cumplieron
Wila lo explica con una claridad que a mí, personalmente, me dejó pensando varios días. Las aspiraciones que madres y padres depositan en sus hijos, advierte, muchas veces incluyen proyectos que los propios adultos no lograron concretar. Son metas suspendidas, postergadas, a veces abandonadas, que encuentran en los hijos un terreno fértil donde volver a germinar. El problema, dice la psicóloga, es que cuando esas metas se trasladan, aparece una demanda que resulta imposible de satisfacer: nadie puede cumplir con los deseos pendientes de otra persona, por más buena voluntad que le ponga.
Y acá viene algo que a mí me parece clave de lo que contó la autora, y que a varias personas en la sala les cambió la cara mientras la escuchaban: no hace falta que esas expectativas se transmitan con palabras hirientes para generar una carga enorme. Un pedido expresado con cariño, con la mejor de las intenciones, puede dejar abierta la misma inquietud de siempre, esa pregunta silenciosa que muchos cargamos desde chicos: qué esperan los adultos de mí, qué tengo que hacer para ganarme su aprobación, hasta dónde tengo que llegar para que estén conformes conmigo. Para Wila, esa búsqueda constante puede provocar angustia y, sobre todo, culpa.
Normas que ayudan y mandatos que condicionan
La psicóloga traza una distinción que a mí me sirvió muchísimo para ordenar las ideas. Por un lado están las normas que ayudan a convivir, las que ponen límites a la agresividad o enseñan a respetarnos entre todos, y que uno acepta porque entiende que tienen sentido. Por otro lado están los mandatos, que son otra cosa: exigencias que restringen las elecciones personales y que quedan asociadas, casi siempre, al miedo a perder el afecto de quienes las transmiten. Cuando el vínculo afectivo depende de que uno cumpla con determinada expectativa, las decisiones más importantes de la vida, desde elegir una carrera hasta armar una familia, quedan condicionadas por ese temor.
Wila, que es psicóloga y autora de varios libros, aclara algo que a mí me parece muy honesto de su parte: la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía muchísimo según las experiencias de cada persona. Por eso, dice, no se trata de recetas universales sino de recorridos individuales, atravesados por palabras, gestos y situaciones vividas que cada uno tiene que revisar por sí mismo. La pregunta de fondo que deja flotando su ensayo es bien concreta: cuánta de la culpa que sentimos hoy nos pertenece de verdad y cuánta es, en realidad, una herencia que recibimos sin haberla pedido. Salí de esa charla con la sensación de que revisar la propia historia familiar no es un lujo de diván sino una herramienta concreta para vivir un poco más liviano. Y la verdad, a mis casi cincuenta, escuchar eso de alguien que sabe del tema me hizo mucho bien.
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