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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando el día pesa: por qué frenar un rato puede ser la diferencia entre seguir o colapsar

Pequeñas pausas para caminar, respirar o mirar alrededor ayudan a recuperar el foco cuando el cansancio y el estrés aprietan. Son alivios concretos, pero no sustituyen al profesional cuando el malestar se vuelve crónico.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda · · 3 min de lectura
Cuando el día pesa: por qué frenar un rato puede ser la diferencia entre seguir o colapsar

Soy Camila Ledesma Tapia y lo que voy a contarles lo vi de cerca esta semana, charlando con vecinos en la puerta de un edificio de Congreso, mientras varios se secaban la frente después de subir escaleras y se quejaban, casi al unísono, de que la cabeza ya no les daba más a las cuatro de la tarde. Jorge, de 52 años, me dijo algo que me parece que resume lo que muchos sienten: «No es que tenga más trabajo, es que no le encuentro la vuelta a parar un rato». Esa frase, chiquita y sin adornos, es el corazón de lo que quiero compartir acá.

Porque cuando sostener la atención se vuelve una pelea y el cansancio empieza a ganar la jornada, algo tan simple como una pausa breve puede devolver aire a la rutina. No hace falta que esa pausa tenga una duración precisa ni que se transforme en una nueva obligación con horario: alcanza con apartarse un momento de las notificaciones del celular, quedarse unos minutos en silencio o, simplemente, cambiar de ambiente. La forma concreta depende del tiempo que cada uno tenga y, sobre todo, de lo que a cada uno le resulte tolerable.

Poner el cuerpo y la mirada en otra cosa

Para quienes se quedan dando vueltas con pensamientos repetitivos, una alternativa concreta es orientar la atención hacia lo que los rodea. Hay una técnica muy sencilla, conocida como 5-4-3-2-1, que propone reconocer, en este orden, cinco elementos visibles, cuatro sensaciones de contacto (los pies en el piso, la silla en la espalda, la tela de la ropa), tres sonidos del ambiente, dos aromas y un sabor. Antes de arrancar, conviene hacer una respiración pausada, sin forzar la entrada de aire. La psicóloga clínica Sari Chait explicó que concentrarse en esos estímulos puede dar cierta distancia respecto de las preocupaciones, aunque no elimina su causa: «Es un recurso para correrse un momento del loop mental, no una solución de fondo», resumió la especialista.

Caminar, moverse y hasta desenchufar con otros

Si hay unos minutos y un poco de espacio, caminar también sirve para interrumpir el ritmo de las tareas. Una investigación citada por el material de referencia evaluó a personas trabajadoras que pasearon por un parque durante quince minutos en el horario del almuerzo, a lo largo de diez días laborales seguidos. En esas jornadas, reportaron menos fatiga y mayor concentración por la tarde. Quienes, en cambio, hicieron ejercicios de relajación también mostraron mejoras respecto de sus pausas habituales. Eso sí: los resultados no garantizan un efecto inmediato ni idéntico para todos los cuerpos y todas las rutinas.

Otra vía posible es descansar con los ojos cerrados entre diez y quince minutos. La neurocientífica Heidi Hanna señaló que ese intervalo puede favorecer la recuperación cognitiva. La advertencia es importante: ese breve descanso se ajusta a las necesidades personales y, de ningún modo, reemplaza las horas de sueño adecuado.

Cuándo la pausa ya no alcanza

Ahora bien, todas estas prácticas tienen un límite claro. Ayudan a sobrellevar el día, pero no resuelven las causas del malestar cuando este se vuelve persistente. La terapeuta Tyana Tavakol recomendó considerar una consulta profesional si los intentos personales no alcanzan, si el estrés altera el sueño, el rendimiento en el trabajo o los vínculos, o si simplemente la persona siente que el agotamiento se cronificó y se volvió parte del paisaje. Pedir acompañamiento no es exagerar: es, muchas veces, la diferencia entre seguir remando solo o empezar a entender por qué el río está tan crecido.

Volví a pasar por la puerta del edificio de Congreso dos días después. Jorge, el vecino de 52 años, estaba sentado en un banco con un café en la mano y el celular boca abajo en el bolsillo. «Hoy paré quince minutos», me dijo con una sonrisa chica. No es la solución a todo lo que le pasa, pero es un primer paso que él pudo poner en práctica solo. A veces, eso ya es bastante.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda

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