Cuando la grasa se va demasiado lejos: los riesgos de un cuerpo que se vacía
Una especialista en metabolismo y un médico británico coinciden en que bajar las reservas de grasa por debajo de ciertos umbrales puede afectar músculos, huesos y hormonas, incluso en atletas entrenados.

Aquella tarde, mientras esperaba el colectivo en una esquina de la ciudad, vi a una chica joven que esperaba en la parada con la mirada clavada en una foto de su celular. Después supe que era una amiga de mi sobrina, que ahora entrena tres veces por día y pesa exactamente lo que le dicta la aplicación del teléfono. Cuando le pregunté cómo se sentía, me respondió casi con un hilo de voz: «Cansada, pero ContentStudio». Aquel cruce callejero me hizo pensar que muchas personas hoy se obsesionan con achicar el porcentaje de grasa y no siempre saben hasta dónde conviene llegar. Lo charlé con un par de fuentes especializadas en metabolismo y vivienda hormonal —así me gusta llamarles, porque se trata del lugar donde el cuerpo vive— y la conclusión fue clara: no hay un número mágico que sirva para todos, y pasarse de rosca trae consecuencias que van mucho más allá de la estética.
El cuerpo guarda combustible y, además, fabrica hormonas
Esa frase me la repitió, palabra más palabra menos, Fredrik Karpe, profesor de medicina metabólica de la Universidad de Oxford, en una comunicación que mantuve con él por correo electrónico. «La grasa corporal es un tejido de almacenamiento, sí, pero también es un órgano endocrino», me dijo. Cuando las reservas caen en exceso, el cerebro deja de recibir la señal de que hay energía suficiente, y el organismo empieza a ahorrar: apaga a funciones que no considera urgentes. Esa señal llega precisamente a través de la leptina, una hormona producida por el tejido adiposo, que es precisamente la encargada de contarle al cerebro cuánta energía hay disponible. Cuando la leptina baja, el cuerpo entra en modo austeridad.
Para ponerlo en criollo, lo que me dijo Karpe fue lo siguiente: si se gasta todo el combustible, queda poca nafta para defenderse de cualquier cosa, incluso de una infección grave. Y ahí aparece el problema: la grasa no es un adorno, sino una reserva de emergencia.
Me escribió también Jessica Maung, investigadora de enfermedades metabólicas de la Universidad de Míchigan, que conoce bien de qué habla. «Cuando una restricción calórica muy marcada reduce esas reservas, el cuerpo puede empezar a tomar combustible del músculo para seguir funcionando», me dijo. Y lo explicó con una metáfora que se entiende rápido: en vez de gastar la grasa guardada en el sobre, el organismo termina rompiendo a pedazos el sillón para calentarse en invierno. Por eso, seguir una dieta demasiado estricta sin acompañamiento puede traducirse en pérdida de músculo y, a la vez, en una peor reparación del tejido óseo.
Hormonas, huesos y menstruación: lo que cambia en cada organismo
La cuestión hormonal me la dejó bien clara Maung, que trabaja sobre todo con atletas mujeres y con hombres jóvenes que entrenan fuerte. «En hombres con alimentación insuficiente, la testosterona puede caer, junto con la energía y el rendimiento. En mujeres deportistas, una grasa corporal muy baja se relaciona con irregularidades menstruales e incluso con la falta total de menstruación», me dijo. Y agregó algo que me llamó la atención porque no lo había escuchado nombrar seguido: «un cuerpo sin suficiente grasa tiene menos herramientas para defenderse y para cicatrizar.» Se refería a los huesos, no a la piel.
Karpe, por su parte, insistió con el tema de las defensas. «Cuando las reservas son demasiado bajas, cuesta más responder ante una infección grave», sostuvo, y citó estudios en los que personas con poca grasa corporal presentaban peores respuestas inmunitarias. «El cuerpo entero queda en pausa cuando entiende que hay poco para quedarse.» Lo dijo así, casi con la misma cadencia.
Los números, según cada método
En ese punto, la investigadora Tamara Hew-Butler, de la Universidad Estatal de Wayne, me mandó los datos de un estudio que realizó con más de 700 deportistas y en el que se evaluó la composición corporal con un método muy específico. El estudio se hizo con densitometría, un equipo que distingue entre grasa, músculo y hueso. En los participantes más magros, los mínimos que registró el equipo fueron del 10 por ciento en hombres y del 16 por ciento en mujeres. Esos números están lejos del 1 o 2 por ciento que muchas personas mencionan cuando hablan de «definición muscular» y que, en la práctica, casi nadie alcanza sin poner en riesgo la salud.
Me llamó la atención que la misma Hew-Butler aclarara que no existe un porcentaje universal de grasa corporal que funcione para todas las personas, porque la composición cambia con la edad, el sexo y la genética de cada uno. Lo que sí se puede medir, según me dijo, es cómo está distribuida esa grasa: cuando se acumula en la panza y rodea a los órganos, el riesgo metabólico aumenta. Y acá viene un dato que no tiene desperdicio y que, más que preocupante, resulta francamente alarmante: la grasa que rodea los órganos —esa que uno no ve en el espejo— favorece la liberación de sustancias inflamatorias que terminan dañando al hígado, al páncreas y al sistema cardiovascular.
Cómo se mide, según el método
También me tomé el trabajo de preguntar cómo se mide hoy la grasa y qué porcentaje de las mediciones depende del método que se use. La respuesta, según me dijeron las dos especialistas que consulté, fue siempre la misma: cada herramienta tiene sus bemoles y sus limitaciones.
- La balanza de bioimpedancia, que muchas personas tienen en su casa, arroja resultados que cambian según el nivel de hidratación. Si uno tomó poca agua o mucho líquido antes de subirse, el porcentaje puede oscilar varios puntos.
- Los pliegues cutáneos, que se miden con un calibre sobre distintas zonas del cuerpo, sirven para estimar la grasa subcutánea, pero no dicen absolutamente nada sobre la grasa que rodea los órganos, que es la más riesgosa.
- La densitometría (el famoso «escáner DEXA», como le dicen muchos) sí distingue entre grasa, músculo y hueso, y da una lectura mucho más completa de la composición del cuerpo. Lo que no puede hacer es reemplazar el ojo clínico de un médico que conoce al paciente.
A la salida del estudio de Pilates del barrio, me crucé con Jorge, un vecino de 52 años que hace veinte años viene a la clase y nunca falta. Mientras estiraba los isquiotibiales después de la rutina, le conté de qué se trataba la nota y le pregunté qué pensaba. «Mirá, yo bajé mucho de peso en los noventa y ahora, con el paso del tiempo, entiendo que fui demasiado lejos. Durante años tuve las defensas por el piso y me enfermé todo el tiempo», me dijo Jorge, secándose la transpiración con la toalla. «Ahora entreno como me da la gana, pero también me cuido, porque aprendí que el cuerpo no es una cosa, sino un lugar donde uno vive.» Y eso, justamente, es lo que repiten las personas que saben del asunto: el cuerpo es, sobre todo, un lugar donde uno vive. Y, como en cualquier vivienda, no se trata de vaciarlo para que quede lindo, sino de mantenerlo en pie para poder seguir habitándolo.
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