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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando los ojos y la cabeza empiezan a jugarnos una mala pasada: señales que piden consulta médica

Ver cosas que nadie ve, sentir que el cuerpo se encoge o pensar que un ser querido fue reemplazado son experiencias que pueden tener causas médicas claras. Una revisión de qué mirar antes de asustarse y por qué conviene pedir turno con un profesional.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda · · 4 min de lectura
Cuando los ojos y la cabeza empiezan a jugarnos una mala pasada: señales que piden consulta médica

Lo confieso de entrada: la primera vez que leí este material, me quedé pensando en la cantidad de gente que, en silencio, debe estar viviendo alguna de estas cosas sin animarse a contarlo. Porque todavía hay mucha vergüenza envolviendo lo que nos pasa en la cabeza, en los ojos o en la piel, y se termina naturalizando como un capricho o un exceso de imaginación. Por eso, en la recorrida de hoy, quiero dejarles un mapa bien concreto de esas señales que el cuerpo y la mente nos mandan y que, lejos de ser rarezas, son motivo suficiente como para sentarse frente a un profesional y abrir la boca.

Qué distingue a una distorsión, una alucinación y un delirio

Antes de salir corriendo al médico, vale la pena entender que no todo es lo mismo. Una distorsión es cuando algo que existe se ve, se siente o se percibe cambiado: por ejemplo, entrar a un living y tener la sensación firme de que se agrandó o se achicó. Una alucinación es directamente percibir algo que no está ahí: una voz, una figura, una sombra que nadie más ve. Y un delirio es otra historia: es una creencia fija, de las que no se mueven ni aunque le muestres pruebas en contra, como estar convencido de que la pareja lo engaña sin ningún indicio real, o de que un familiar fue cambiado por un impostor. Saber con cuál de las tres estamos lidiando no es un diagnóstico, pero sí es la punta del hilo para que el profesional tire de él.

  • Distorsión: modifica algo presente en la realidad, como percibir una habitación más grande o más chica de lo que es.
  • Alucinación: aparece una percepción sin estímulo externo, por ejemplo ver una persona que no está.
  • Delirio: creencia firme y sostenida que no se modifica con evidencia, como los celos extremos sin causa.

Ahora bien, y acá viene lo importante: ninguna de estas experiencias, por sí sola, es sinónimo de enfermedad mental. Hay situaciones clínicas donde aparecen como parte de un cuadro médico tratable, y descartarlo es justamente el primer paso de cualquier consulta seria.

Ver cosas que no están: cuando los ojos y el cerebro se confunden

A mí siempre me llamó la atención el caso de los adultos mayores que pierden visión y de golpe empiezan a comentar, con cierto pudor, que ven gente en el living o animalitos en el jardín. No es locura: tiene nombre y apellido, síndrome de Charles Bonnet, y es bastante más común de lo que se cree. La persona sabe que esas imágenes no son reales, y eso ya la distingue de otros cuadros. Lo que corresponde hacer es una evaluación neurológica y cognitiva, y, si el cuadro se presenta de manera atípica, estudios de neuroimagen para descartar otras causas. Nadie debería quedarse callado por miedo a que lo tilden de loco.

En esa misma línea está el síndrome de Alicia en el País de las Maravillas, que suena a cuento pero no lo es. Quien lo atraviesa puede sentir que su cuerpo se encoge, que las paredes se alejan o que el tiempo se acelera. Una revisión de 169 casos publicada en la literatura médica mostró que, en adultos, la causa más frecuente es la migraña, mientras que en menores de 18 años predominan las encefalitis. De nuevo, el punto es que detrás de una experiencia extraña puede haber una causa concreta y tratable.

Creencias que afectan la convivencia: el delirio no es un capricho

Hay un punto donde la nota original me golpeó fuerte, y quiero transmitirlo tal cual: las creencias firmes sobre uno mismo o sobre los demás no deben interpretarse como conductas voluntarias. La convicción de no existir, de haberse transformado en un animal, de que un ser querido fue reemplazado por un impostor o de que la pareja es infiel sin ningún elemento que lo sugiera son manifestaciones que requieren atención profesional, y no un reto ni un sermón. Los celos delirantes, por caso, nada tienen que ver con una discusión de pareja: son un síntoma, y como tal hay que tratarlo.

También aparece la sensación de tener organismos caminando sobre la piel o debajo de ella, algo que muchos asocian directo con un problema psiquiátrico. Sin embargo, antes de llegar a ese diagnóstico hay que descartar una infestación real y otras causas médicas: déficits vitamínicos, trastornos tiroideos, infecciones y consumo de sustancias, entre otras. El tratamiento cambia radicalmente según de qué se trate, y por eso la evaluación inicial es tan clave.

Si me dejan cerrar como empecé, con esa escena que se me repite cada vez que escribo sobre salud mental: una persona callada, pensando que lo que le pasa es único, inconfesable o incurable. No es así. Cambios repentinos en la visión, distorsiones persistentes del tamaño de las cosas, sensaciones físicas sin explicación, creencias que generan malestar y complican los vínculos: todo eso es motivo suficiente para pedir un turno. No hace falta llegar con un diagnóstico bajo el brazo ni con un nombre técnico. Alcanza con contar, con la mayor precisión posible, qué le está pasando al cuerpo y a la cabeza. El resto lo hace el profesional que escucha, pregunta y evalúa con contexto. Y eso, créanme, ya es muchísimo.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda

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