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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuartos teenagers sin pósteres y con luces LED: cuando la cámara, aunque esté apagada, igual ordena la casa

Recorrí varias habitaciones de pibes y pibas y me encontré con otra cosa: paredes neutras, camas prolijas y el living convertido en estudio. Especialistas consultados por este medio explican por qué la intimidad adolescente empieza a quedar en off cuando todo parece un set.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda · · 4 min de lectura
Cuartos teenagers sin pósteres y con luces LED: cuando la cámara, aunque esté apagada, igual ordena la casa

Cuando era chica y visitaba a mis primos, lo primero que hacía al llegar era abrir la puerta del cuarto del adolescente de la familia y quedar fascinada con ese caos que me parecía un museo personal. Había pósteres pegados con cinta scotch, un poster de Los Redondos combado contra la humedad, un placard a punto de explotar y siempre, siempre, un diario íntimo que nadie tenía que tocar. La puerta cerrada era una frontera sagrada. Hoy, cada vez que entro a esos mismos cuartos, siento que estoy pisando un departamento piloto: paredes color crema, la cama impecable con tres almohadas ordenadas en fila militar, una tira de luces cálidas detrás del respaldo y un aro de luz sobre la mesa del escritorio. No hay una foto familiar, no hay un recorte de revista, no hay ni siquiera una marca de fibbón en la pared. Es como si alguien hubiera pasado un trapo húmedo por la personalidad.

Lo confirmé charlando con padres y con los propios jóvenes. Micaela, de 42 años, madre de tres pibes en zona norte de Buenos Aires, me lo resumió con una frase que se le escapó mientras tomábamos un café: "Les pedí que por una vez dejaran la ropa sobre la cama y me contestaron que no podían, que la cama se ve en el video". Su hijo menor, Francisco, de 15, pasa dos horas por día iluminando un rincón de la habitación y acomodando pequeños objetos en una repisa antes de grabar. La chica de al lado, Renata, 17, me abrió la puerta con una sonrisa y me dijo: "Te dejo pasar pero no me grabes, eh". En esa frase está todo el tema que nos ocupa.

El cuarto como escenario, aunque la cámara no esté filmando

Lo más inquieto del fenómeno, y lo que más le hace ruido a los especialistas, no es que los pibes graben. Es que ya ni siquiera necesitan que la cámara esté encendida para ordenar el espacio. La sola idea de que cualquier rincón puede ser filmado, subido, comentado y juzgado por miles de desconocidos modifica la conducta cotidiana. Esa dinámica ya fue pensada hace décadas por el sociólogo estadounidense Erving Goffman, que diferenció entre el frente de escena, donde uno sostiene una imagen pública, y el llamado back region, el espacio privado donde se descansa del personaje, donde se ensayan modos de ser y donde es lícito equivocarse sin público. La habitación adolescente fue, durante mucho tiempo, ese backstage por excelencia. La puerta cerrada funcionaba como un pacto tácito de suspensión del juicio ajeno.

“La escritora Sithara Ranasinghe lo describe como una habitación con paredes de cristal: el límite entre escenario e intimidad se disuelve bajo la mirada de una audiencia desconocida, y el cuarto deja de ser laboratorio de exploración para volverse decorado.”Sithara Ranasinghe

Lo que aparece entonces es un fenómeno que los especialistas consultados llaman decoradismo adolescente: una estética estandarizada que atraviesa barrios, ciudades y países sin necesidad de que nadie se conozca. Paredes en tonos neutros, beige, gris cálido, blanco roto. Cubrecolchones parejos, sin una arruga. Tiras de luces LED que cumplen la doble función de iluminar la grabación y darle al cuarto un clima de foto de catálogo. El desorden, la acumulación de objetos personales, los posters, los libros apilados, todo lo que solía delatar la vida interior de un pibe en pleno crecimiento, queda afuera. No porque los jóvenes dejen de tener mundo interno, sino porque ese mundo dejó de tener un lugar físico donde manifestarse.

  • Paredes de tonos neutros y luces cálidas que reemplazan a los pósteres y recortes de toda la vida.
  • Camas prolijas y escritorios despejados pensados para entrar en cuadro, no para usarse.
  • Trastos personales guardados fuera de cámara: fotos, diarios, ropa, recuerdos.
  • Sensación permanente de estar siendo filmado, aunque el celular esté boca abajo sobre la mesa.

La adolescencia es, por definición, un período de umbral: un momento donde está permitido probar, equivocarse, ser desprolijo, armar y desarmar la propia identidad varias veces por semana. La pregunta que me dejaron estas conversaciones con padres, con chicos y con especialistas es hasta qué punto ese margen de imperfección sigue existiendo cuando el espacio íntimo se vuelve un set permanente. Porque el cuarto dejó de ser el único lugar donde un adolescente puede fallar sin testigos. Si la mirada ya no se apaga al cerrar la puerta, ¿dónde se construye hoy esa intimidad tan necesaria para crecer? Me quedo con la sensación de que, cuando vuelva a visitar a mis primos, ya no voy a encontrar ese museo personal que me fascinaba de chica. Y la verdad, me da un poco de pena.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda

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