Cuatro veces quisieron resucitar a Rick Blaine y las cuatro se estrellaron contra la pared
Warner Bros. lleva décadas tentando a la suerte con una secuela o remake de "Casablanca". De "Brazzaville" al proyecto de los años ochenta con Howard Koch, todos los intentos naufragaron. Un recorrido por la obsesión de un estudio con un clásico intocable.

Dicen que las segundas partes nunca fueron buenas, pero en el caso de Casablanca el asunto es más grave: ni la primera secuela, ni el remake, ni el tratamiento ochentoso, ni el intento familiar de los Warner conseguiram siquiera ver la luz. Un clásico es un clásico y, como todo en esta vida, no se toca. El estudio se pasó décadas probando suerte y cosechando fracasos, como quien insiste en reformular el guiso de la abuela convencido de que esta vez sí le va a salir mejor.
Brazzaville, la secuela que se cayó antes de empezar
El primer intento llegó casi con el estreno bajo el brazo, cuando todavía zumbaban los comentarios en los pasillos de la productora. La idea era una secuela de posguerra titulada Brazzaville, con guion encargado a Frederick Stephani. La premisa era tentadora: recuperar a Humphrey Bogart como Rick, a Claude Rains como el capitán Renault y a Sydney Greenstreet como Ferrari, retomando esa conversación final en el aeropuerto y abriendo el juego sobre el futuro del protagonista sin Ilsa. Perfecto en el pizarrón. Pero los responsables se dieron cuenta de un pequeño detalle que arruinaba todo: uno de sus giros centrales pretendía revelar que Rick y Renault habían sido agentes aliados desde el principio. Traducido: dinamitar la evolución del personaje en la película original. Chau proyecto.
Truffaut dijo que no y fue lo más sensato que pasó
Treinta años después, en 1973, Warner Bros. volvió a la carga con un remake. Ofrecieron la dirección a François Truffaut, que no era cualquiera: francés, respetado, autor de filmes que habían cambiado la forma de mirar el cine. Truffaut los mandó a volar. Su argumento fue tan simple como demoledor: encontrar actores capaces de reemplazar a Bogart y Bergman era prácticamente imposible y el cariño del público estadounidense por la película hacía cualquier nueva versión una misión suicida. Con esa negativa, la iniciativa se enfrió más rápido que el café de Rick.
Return to Casablanca, el hijo pródigo que se quedó en el tintero
La apuesta más ambiciosa llegó en los años ochenta de la mano de Howard Koch, uno de los guionistas del filme original. Koch escribió el tratamiento de Return to Casablanca, una secuela ambientada dos décadas después que seguía a Richard, el hijo de Rick e Ilsa, en su viaje a Oriente Próximo para descubrir quién era su padre. La vuelta de tuerca tenía su encanto y el propio Koch soñaba con tener a Ingrid Bergman de nuevo en la piel de Ilsa ya entrada en años. El plan se topó con la realidad más cruda: Bergman murió en 1982 y el proyecto se quedó sin su pieza clave. Koch presentó una versión revisada en 1989, pero el estudio volvió a decir que no. Otra vez a la góndola.
La persistencia de los Warner
Años más tarde, la llama se reavivó en la propia familia dueña del estudio. Cass Warner, nieta de uno de los cofundadores, retomó la idea e intentó reflotarla. La respuesta fue un no con una puerta entreabierta: reconsiderarían el proyecto solo si aparecía un director con el coraje (o la inconsciencia) de llevarlo adelante. Spoiler: nadie se ofreció. Después de cuatro tropiezos seguidos, al clásico se lo deja tranquilo, como esos muebles heredados que nadie se anima a mudar de lugar porque total, están bien donde están.
Por qué Casablanca se niega a tener heredero
La resistencia del filme a cualquier secuela no se explica por falta de ganas sino por un problema de fondo: el impacto de Casablanca descansa sobre un final que no pide continuación, no la necesita y, francamente, la rechaza. Esa despedida en la niebla, con el avión despegando, es la clase de cierre que cierra. Todo lo que vino después fue ruido. Mi recomendación, si todavía no la vio, es bien rioplatense: prepárese un cortado largo, acomódese en el sillón y deje que Bogart haga lo suyo. Y si le ofrecen una secuela, haga como Truffaut: diga que no.
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