Dos amigas de 85 años, 50 países a cuestas y la misma aventura todavía por empezar
Sandra Hazelip y Eleanor Hamby se conocieron en una misión en Zambia, enviudaron y armaron juntas una vida de viaje que las llevó de las pirámides de Egipto al tango en Buenos Aires. Ahora planean Asia y un paso por México, sin que la edad les marque el ritmo.

Las encontré charlando en un banco de plaza, en un pueblo de Texas, y cualquiera hubiera dicho que eran dos vecinas más comentando la tarde. Pero Sandra Hazelip y Eleanor Hamby, las dos de 85 años, recién llegadas de su último periplo, me confesaron entre risas que ya pasaron juntas por cerca de 50 países. Sandra, médica ya retirada de sus batallas, y Eleanor, fotógrafa documental, se conocieron hace años en una misión humanitaria en Zambia y, cuando la vida las dejó viudas, madres y abuelas con los hijos ya criados, decidieron que la mejor manera de seguir era moverse. Y se movieron.
De la novela de Julio Verne a la vuelta al mundo con 81 años
Me contaron, mientras me mostraban las fotos en una tablet llena de polvo del camino, que la idea más loca se les ocurrió cuando tenían 81: armar una vuelta al mundo en 80 días, inspirados en la novela de Julio Verne. Para entonces ya habían cruzado el Transiberiano y compartido varias mochilas, pero faltaba el golpe de efecto. Y lo hicieron. Primero fueron sus hijos y sus nietos los que pusieron los ojos en blanco, según admite Sandra, de 85 años. "Nuestras familias nos apoyaron mucho en nuestros viajes", me dijo, y enseguida agregó, con una media sonrisa cómplice: "pero algunas decisiones nuestras les despiertan dudas, claro". Dudas que, claro, no alcanzan para frenar a dos señoras que a esa altura ya les habían perdido el respeto al mapa.
"No queremos que un número decida lo que podemos o no podemos hacer"
Les pregunté, porque a mí también me pasa, cómo hacen para no quedarse sin aire en medio de una excursión. Eleanor, que tiene 85 años y una energía que ya quisiera para mí, me respondió con una frase que se me quedó grabada: "Quizás avancemos más despacio, pero no queremos que un número decida lo que podemos o no podemos hacer". Y la práctica parece darles la razón: siguen subiendo escaleras, navegando, haciendo snorkel y metiéndose en cada excursión que se les cruza. Lo que más valoran, me confesaron mientras acomodaban los abrigos, no es el monumento ni la postal, sino la gente local que se cruzan en el camino, esa que las invita a tomar un mate o las sienta a la mesa sin conocerlas.
Cuando les pregunté qué viene ahora, Sandra y Eleanor se miraron como dos chicas de quince armando un plan para el verano. Tienen la mira puesta en Asia: Bután, Brunéi, Laos, Timor Oriental y Filipinas, una lista de pendientes que ya están guardando en una carpeta aparte. Y antes, en México, donde quieren conocer Chichén Itzá y sacarse la foto con la pirámide de fondo. Las dejé en el mismo banco, hablando de pasaportes y de nietos, y me fui pensando que uno a veces se olvida de que la vida grande empieza cuando uno se anima a desarmar la rutina. La pregunta que me quedó dando vueltas, y que les traslado a ustedes que están leyendo, es bien simple: ¿qué actividad o qué viaje les gustaría iniciar en una nueva etapa de la vida?
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