El dolor heredado: cómo los hijos de los rescatistas del 11-S cargan traumas que no vivieron
Una investigación de la Universidad de Columbia siguió durante un cuarto de siglo a 270 hijos adultos de trabajadores que respondieron a los atentados de 2001 y detectó que más del 20 por ciento tiene depresión y una cuarta parte atraviesa trastornos de ansiedad. Especialistas advierten que el sufrimiento de los padres se transmite al núcleo familiar aunque los hijos no hayan presenciado los hechos.

Camino por una calle cualquiera de Buenos Aires, miro a mi alrededor y me cruzo con madres y padres que vuelven del trabajo, con chicos que salen de la escuela con la mochila colgada. Pienso en algo que leí esta semana y que me sacudió: hay hijos de personas que respondieron a los ataques del 11 de septiembre de 2001, ya todos adultos, que arrastran desde hace veinticinco años un dolor que nunca vieron con sus propios ojos. Un estudio publicado en la revista PLOS Mental Health lo confirma con números duros y, al mismo tiempo, con una advertencia que nos toca de cerca: el trauma no se queda en quien lo sufre, también se transmite.
Qué encontró la investigación
Qué encontró la investigación
El equipo del Columbia University Irving Medical Center, en Nueva York, siguió a 270 hijos mayores de edad, pertenecientes a 176 familias de rescatistas, bomberos, policías y personal de limpieza que trabajó en la zona cero. Todos esos hijos eran menores de 18 años cuando ocurrió el ataque a las Torres Gemelas. La investigación cruzó encuestas respondidas por padres e hijos con los registros del World Trade Center Health Program, el programa federal de salud que asiste a quienes respondieron a la emergencia.
Los resultados son elocuentes: más del 20 por ciento de esos hijos adultos presenta depresión y más de una cuarta parte sufre algún trastorno de ansiedad. Lo que llama la atención es que no se trata de un relevamiento hecho al calor de los hechos: los datos se recogieron muchos años después, lo que muestra que las heridas psíquicas se cronificaron y siguen vigentes.
“No tenían que hablar de eso, pero en su conducta comunicaban de algún modo su miedo, ansiedad, desconfianza y preocupación.”Yael Cycowicz, profesora y autora principal del estudio
Por qué se transmite el sufrimiento
Por qué se transmite el sufrimiento
La explicación de la investigadora Yael Cycowicz es tan simple como demoledora. Los hijos no presenciaron la destrucción, no vieron caer los edificios, no respiraron el polvo tóxico. Sin embargo, crecieron en hogares atravesados por las consecuencias de aquello: noches sin dormir, padres que volvían del trabajo en silencio, estallidos de llanto sin motivo aparente, irritabilidad, hipervigilancia. No hacía falta que un padre o una madre se sentara a contar lo que vio para que un chico absorbiera ese estado emocional. Se lo contagiaba en cada cena, en cada discusión, en cada madrugada en la que se levantaba y encontraba a su madre sentada en la cocina con la mirada perdida.
El estudio detalla que el riesgo se intensificó cuando el progenitor había llegado muy temprano al lugar del desastre, había permanecido allí durante muchos días seguidos dentro de las primeras tres semanas, o había estado expuesto a restos humanos. La depresión actual de los padres se asoció con mayor probabilidad de depresión en los hijos. El TEPT actual de los progenitores, en cambio, se correlacionó con más TEPT, ataques de pánico y depresión en la descendencia. Es decir, lo que les pasa a los padres hoy les está pasando a los hijos hoy, aunque haya pasado un cuarto de siglo.
Lo que midieron dentro de cada familia
Lo que midieron dentro de cada familia
Hay un dato que me parece clave para entender la vida cotidiana de estos hogares. Los investigadores evaluaron también cómo era el vínculo entre padres e hijos. Cuando la relación era más tensa, más fría o más conflictiva, aparecían más síntomas depresivos en los hijos y más problemas con el alcohol. Cuando faltaba calidez en el trato, subían los niveles de ansiedad. El apoyo social, en cambio, operó como un escudo: una red afectiva sólida amortiguó parte del impacto.
Pienso en Jorge, un amigo de 47 años que es bombero voluntario en un cuartel de la provincia de Buenos Aires. Cada vez que lo veo llegar de una guardia larga, me cuenta poco y nada. Yo noto que sus hijos, que tienen 12 y 15 años, lo miran distinto al resto de los padres de la cuadra. Le pregunto cómo están ellos, y Jorge me dice, con esa media sonrisa que usamos para tapar lo que nos pesa, que están bien, que son chicos. Pero uno de ellos le tiene pánico a las sirenas y se tapa los oídos cada vez que pasa una ambulancia por la vereda. Esa escena, multiplicada por miles, es la que retrata el estudio de Columbia.
Qué recomiendan los especialistas
Qué recomiendan los especialistas
- Incluir a toda la familia en los tratamientos de salud mental, no solo a quien sufrió el trauma en primera persona.
- Trabajar de manera específica la calidad del vínculo entre padres e hijos, ya que la calidez y el apoyo funcionan como factores de protección.
- Fortalecer las redes sociales y comunitarias, porque amortiguan el impacto del trauma en las nuevas generaciones.
- Considerar el antecedente familiar de exposición traumática en cualquier consulta psicológica, aunque el paciente no haya vivido el hecho en carne propia.
Releo lo que escribí y vuelvo a la imagen del principio: yo caminando por una calle de Buenos Aires, rodeado de gente que vuelve a su casa. Me quedo pensando que a veinticinco años de los atentados del 11-S, lejos de Manhattan, lejos de Nueva York, este mapa de daños sirve para pensar lo que nos pasa acá, con nuestras propias tragedias y con nuestras propias familias. Cada vez que un padre o una madre carga un dolor que no puede nombrar, ese dolor encuentra la manera de filtrarse por las paredes, por las cenas, por las miradas. Y los hijos, aunque no hayan estado ahí, lo reciben y lo cargan como propio. Esa es, quizá, la herencia más pesada que nos deja un desastre: la que se transmite sin palabras.
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