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El mercado laboral argentino excluye a siete de cada diez jóvenes de 18 a 25 años del empleo registrado

Un informe de la UCA y un estudio de la consultora Zentrix muestran que la inserción formal es la excepción entre los más jóvenes, con una brecha que se amplía según el estrato socioeconómico del hogar y la situación del principal sostén económico

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Matías VrsalovichIndustria y economía · 27 DE AGO DE 2026 · 4 min de lectura
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El 30,2% de los jóvenes argentinos de entre 18 y 25 años cuenta con un empleo registrado, según los datos publicados por el Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la Universidad Católica Argentina (UCA). El restante 69,8% se reparte entre la informalidad, distintas modalidades de desempleo y la inactividad plena, en un mercado laboral juvenil que el propio observatorio describe como profundamente fragmentado. Dentro de quienes acceden a un trabajo regular, el 16% lo hace en condiciones de precariedad, lo que reduce todavía más la porción que efectivamente goza de protección laboral plena.

La fragmentación del mercado laboral juvenil

El cuadro general muestra que solo el 14,2% de los jóvenes de 18 a 25 años accede a un empleo pleno, entendido como aquel que combina registración, aportes y cierta estabilidad. El 22,5% se ubica en una zona gris: realiza changas, trabajos eventuales o intermitentes, o atravesó un episodio de desempleo reciente. Un 10,7% lleva más de seis meses sin trabajo, y un 36,6% directamente no busca ni ejerce actividad laboral remunerada. El dato ilustra que la franja etaria que suele concentrar las mayores tasas de actividad del país es, en rigor, la que más depende de mecanismos informales para sostenerse.

El subrégimen conocido como empleo pleno de derechos, promovido en los últimos años por la política laboral argentina, busca justamente reducir la precariedad mediante la registración y el acceso a aportes patronales diferenciados para empresas que contraten trabajadores no registrados. Sin embargo, los datos del ODSA muestran que ese esquema todavía no logra revertir la estructura de fondo: la inserción de los jóvenes no mejora sustancialmente cuando mejora la macroeconomía, y la brecha con los adultos persiste.

“Incluso un empleo protegido del principal sostén económico no alcanza a borrar la desventaja asociada a una posición socioeconómica baja”Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA), UCA

El origen familiar como variable determinante

El informe del ODSA advierte que el punto de partida familiar opera como predictor de las posibilidades de inserción. El 20,7% de los jóvenes de 18 a 25 años no estudia ni trabaja, proporción que se dispara al 34,2% en el estrato socioeconómico muy bajo y cae al 8,3% en el estrato medio alto. La posibilidad de dedicarse exclusivamente a estudiar también cambia según el hogar de origen: el 41,2% de los jóvenes del estrato medio alto solo estudia, mientras que en el estrato muy bajo esa cifra se reduce al 15,6%. Apenas el 13% de los jóvenes logra combinar estudio y trabajo de manera simultánea.

El peso del empleo del principal sostén económico del hogar aparece como un segundo factor clave. Cuando ese adulto tiene empleo pleno, las chances del joven de mantenerse en el sistema educativo aumentan de manera significativa. Cuando predominan la precariedad o el desempleo en el hogar, crece la probabilidad de que el joven tampoco estudie ni trabaje. La inserción irregular sin estudio sube del 4,9% al 26,8% entre el estrato medio alto y el muy bajo. En el mismo sentido, quienes no estudian ni trabajan pasan del 13,3% al 30,5% cuando el jefe o jefa de hogar pasa de tener empleo pleno a una situación de subempleo o desempleo inestable.

El impacto sobre los ingresos del mes

El efecto de esa fragmentación se traslada a la capacidad de ahorro y consumo. Según un estudio de la consultora Zentrix, el 85,5% de los jóvenes de entre 18 y 39 años llega al día 20 del mes sin dinero disponible, frente al 60,6% de quienes tienen entre 40 y 59 años. La menor antigüedad laboral, la mayor incidencia de la informalidad y los salarios de entrada explican en parte esa diferencia de casi 25 puntos porcentuales respecto de los adultos de mayor edad. En la comparación interanual, las cifras agregadas muestran que la proporción de jóvenes plenamente empleados permanece por debajo de los niveles previos a la última crisis macroeconómica, aunque se observan variaciones leves en los segmentos de informalidad reciente.

Lo que falta definir en Buenos Aires

  • Una política específica que articule el subrégimen de empleo pleno de derechos con programas de primer empleo formal para jóvenes de 18 a 25 años, segmentada por estrato socioeconómico.
  • Mecanismos de sostenimiento educativo para hogares cuyo principal sostén económico está en situación de subempleo o desempleo inestable, dado que la protección del adulto no alcanza a compensar la desventaja del joven.
  • Herramientas de intermediación laboral que reduzcan la brecha entre la formación obtenida y los requisitos formales del mercado, principal cuello de botella entre el 13% que combina estudio y trabajo.
  • Un sistema de monitoreo público que permita seguir trimestralmente la evolución de la tasa de empleo pleno juvenil, más allá de los relevamientos puntuales del ODSA.
  • Esquemas de protección al ingreso para los casi nueve de cada diez jóvenes que llegan al día 20 del mes sin ahorros, hasta tanto la estructura laboral de base se estabilice.

La pregunta que el propio informe deja abierta es qué cambios haría falta ver en el mercado laboral para que los jóvenes puedan sostener trabajo y estudio al mismo tiempo. Mientras esa respuesta no se traduzca en políticas concretas en Buenos Aires, el cuadro de fondo seguirá marcado por una inserción juvenil fuertemente condicionada por el estrato social del hogar de origen.

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Matías VrsalovichIndustria y economía

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