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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El rencor que no se va: lo que le hace al cuerpo sostener una ofensa durante años

Guardar un agravio sin procesarlo no es solo un peso emocional: también es un riesgo físico. Presión arterial, sueño, defensas y músculos pagan el costo de mantener viva una alarma que nunca se apaga.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda · · 3 min de lectura
El rencor que no se va: lo que le hace al cuerpo sostener una ofensa durante años

Lo vi en la cara de Don Eduardo, un vecino de Berazategui de 67 años que conozco desde hace años, mientras me contaba una historia que arrastra desde 1998. Un socio que le faltó el respeto en un negocio familiar, un acuerdo roto a último momento, una explicación que nunca llegó. Veintisiete años después, Don Eduardo sigue relatando el episodio con la mandíbula apretada, los hombros levantados y las manos inquietas sobre la mesa de la cocina. Yo le pregunté cómo dormía y me dijo, casi sin pensar: "Mal, hace años, pero eso no tiene nada que ver". Ahí entendí que para él el rencor ya no era un recuerdo: era un estado físico instalado en el cuerpo.

Lo que pasa cuando el rencor se vuelve permanente

La bronca aparece con fuerza y se va. El rencor se queda. Vuelve una y otra vez sobre la misma ofensa, con la misma carga, sin que el paso del tiempo lo suavice. Puede originarse en una traición, una injusticia laboral, una ruptura amorosa o un conflicto familiar, y prolongarse durante años o incluso décadas. Cuando se instala de esa manera, el cuerpo deja de interpretarlo como un recuerdo y empieza a tratarlo como una amenaza presente. La respuesta es la misma que dispara cualquier peligro real, pero sin pausa y sin descanso.

  • Sistema cardiovascular: la presión arterial se mantiene elevada de forma crónica y la frecuencia cardíaca se acelera incluso en reposo. Esa alerta repetida aumenta el riesgo de enfermedad coronaria.
  • Eje hormonal: el cortisol, la hormona del estrés, queda alto más tiempo del que corresponde. Eso altera el sueño, favorece la grasa abdominal y reduce la sensibilidad a la insulina, abriendo la puerta a trastornos metabólicos.
  • Defensas bajas: con los mecanismos de alarma siempre encendidos, el sistema inmunológico se desgasta. Caen las defensas frente a infecciones y crece la inflamación de bajo grado, un proceso silencioso vinculado a enfermedades crónicas.
  • Cuerpo tenso: el cuello, la mandíbula y la espalda acumulan rigidez que no cede con el descanso. Es el origen de muchas cefaleas tensionales sin causa médica aparente.
  • Digestión alterada: el eje intestino-cerebro es especialmente sensible al estado emocional, y el rencor sostenido se traduce en molestias digestivas que no encuentran explicación clínica.
  • Fatiga sin causa física: no viene del esfuerzo, sino del desgaste de sostener, sin pausa, una respuesta de emergencia que el cuerpo diseñó para ser breve.
“No hay evidencia sólida para atribuir al rencor una enfermedad específica, pero sí que mantiene activados mecanismos perjudiciales para el organismo de forma sostenida. El cuerpo que paga la factura es siempre el propio.”Norberto Abdala, psiquiatra, especialista en psiconeuroendocrinología

Cuando me fui de lo de Don Eduardo me quedó dando vueltas una idea que él mismo deslizó al final de la charla, mientras servía un mate y miraba por la ventana: que él no quería soltar la bronca porque sentía que soltarla era como darle la razón al otro. Le dije lo que había aprendido en la consulta con el especialista: que el rencor no castiga a quien lo originó, castiga al cuerpo de quien lo carga. Me miró en silencio, asintió con la cabeza y volvió a apretar la mandíbula. Esa es, justamente, la imagen que se repite en cualquiera que viva así: la ofensa sigue intacta en la memoria, y el cuerpo, mientras tanto, sigue pagando.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda

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