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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Estol y el miedo a volar: por qué la cabeza se anticipa al avión y cómo ponerle un freno sin alcohol

El neurólogo repasó los mecanismos que hacen que la ansiedad aparezca mucho antes del despegue, qué mirar para dimensionar el riesgo y por qué las turbulencias pueden sacudir aunque afuera haya cielo despejado. Una guía para entender, con datos, lo que el cuerpo siente en el aire.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda · · 3 min de lectura
Estol y el miedo a volar: por qué la cabeza se anticipa al avión y cómo ponerle un freno sin alcohol

Vine del aeropuerto de Ezeiza con esa sensación que muchos llevamos a casa después de un viaje: la de habernos peleado con nuestra propia cabeza durante las dos horas de vuelo. El ruido de los motores en la pista, el cartel de embarque, la fila para el control de pasaportes. Todo eso, me dijo después el neurólogo Conrado Estol, puede empezar a disparar la ansiedad mucho antes de que la sobrecargo cierre la puerta del avión. La anticipación del embarque, explicó, es una de las llaves silenciosas del miedo a volar, y a veces se mezcla con la claustrofobia de pasillos angostos y butacas estrechas.

Poner el riesgo en perspectiva, sin anestesia emocional

La propuesta del médico fue directa: conocer las estadísticas de seguridad no borra la respuesta emocional que aparece cuando uno está a diez mil metros de altura. Pero sirve, dijo, como contrapeso. Por eso sugirió un ejercicio muy concreto, casi callejero: abrir una aplicación de seguimiento de vuelos y mirar cuántos aviones están en el aire en ese mismo momento. La idea no es mirar por mirar, sino dimensionar. Si en el mapa se ven cientos de puntos moviéndose al mismo tiempo y casi todos llegan a destino, el viaje propio deja de sentirse como una excepción riesgosa y pasa a ocupar el lugar que le corresponde: un movimiento cotidiano, masivo y, sobre todo, seguro.

Turbulencias con cielo despejado y la trampa del tiempo

Hay un dato que a mí, personalmente, me cambió la próxima vez que me abroché el cinturón: las turbulencias fuertes no siempre llegan con tormenta. Estol distinguió las sacudidas a mal tiempo de las que se producen en aire claro, y estas últimas, describió, son las que más descolocan porque desde la ventanilla no hay nubes ni lluvia que las justifiquen. El avión se mueve igual. Como referencia, el neurólogo propuso comparar esa sensación con lo que toleramos sin chistar en un viaje en tren: balanceos, frenadas, curvas. Si el cuerpo lo acepta abajo, también puede aprender a procesarlo arriba.

Lo que se puede hacer y lo que conviene evitar

  • Observar una app de seguimiento de vuelos para dimensionar cuántos aviones están volando al mismo tiempo en el mundo.
  • Distinguir las turbulencias de aire claro de las de tormenta: las primeras pueden aparecer aunque afuera haya cielo despejado.
  • Tener presente que los episodios de turbulencia fuerte suelen durar segundos o pocos minutos, aunque la mente los estire.
  • Recordar que los pilotos cuentan con herramientas para identificar fenómenos meteorológicos y modificar la ruta.
  • Evitar el alcohol como recurso para sobrellevar el vuelo: puede generar insomnio y deshidratación.
  • Trabajar la anticipación previa al embarque, que muchas veces dispara la ansiedad antes de subir al avión.

Héctor, un vecino de Lanús de 52 años que viaja seguido a Córdoba por trabajo, me lo dijo sin rodeos cuando le pregunté por su último vuelo: "El tema no es el avión, es lo que te imaginas antes de subir". Estol coincidió con esa intuición y agregó un punto que vale la pena subrayar: desaconsejó el alcohol para sobrellevar el miedo porque, lejos de ayudar, puede traer insomnio y deshidratación que arruinan el viaje y, sobre todo, las vacaciones que vienen después. La meta, resumió el médico, es que el miedo no termine condicionando los planes ni decidiendo por nosotros a la hora de elegir destino. O, dicho en criollo, que la cabeza no nos arruine las próximas vacaciones antes de que el avión siquiera carretee.

CL
Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda

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