Hermanos bajo el mismo techo, infancias que parecen de mundos opuestos
Crecer juntos no siempre implica crecer igual: la edad de los padres, su situación económica, su salud y hasta el ánimo con el que reciben a cada hijo moldean recuerdos que, en la adultez, muchas veces no se parecen en nada.

Lo vi muchísimas veces en la mesa familiar de mis viejos, en lo de mis tíos, en la casa de amigos: dos hermanos que se criaron a la distancia de una habitación empiezan a tirar recuerdos sobre la infancia y, de golpe, parecen estar hablando de famílias distintas. Uno cuenta que la casa era un caos, que la pasaba solo, que su viejo llegaba destruido del trabajo y no le hablaba. El otro recuerda asados los domingos, viajes en familia, la risa de la madre en la cocina. ¿Quién miente? Generalmente, ninguno de los dos. Y esa es la parte que cuesta aceptar.
Porque lo que parece un capricho de la memoria, una pelea de siempre entre el mayor y el menor, tiene explicaciones bastante concretas. Los padres que recibimos no son los mismos a lo largo del tiempo. Un padre o una madre que tuvo a su primer hijo a los 22, laburando en changas y sin un peso, no es el mismo que a los 38, con un poco más de estabilidad y quizá con el cuerpo algo cansado. Ni es la misma la pareja que los recibió. Cuando hablamos de hermanos criados bajo el mismo techo, en realidad estamos hablando de hijos que conocieron versiones distintas de sus padres, en momentos distintos de la vida de ellos.
Lo que cambia cuando cambia el momento
La psicóloga Ana Paula Rivadero lo pone en palabras simples y, a la vez, muy precisas: los padres no son exactamente los mismos con cada hijo. Ellos también cambian, atraviesan duelos, crisis, separaciones, dificultades económicas, cambios laborales y transformaciones en la pareja. Lo que vale para el primero que llega no vale para el cuarto. Y en esa diferencia se juega buena parte de lo que después cada hermano va a guardar como infancia.
A eso se le suma algo que los psicólogos llaman orden de nacimiento, aunque suena más a libro de autoayuda de lo que en realidad es. Cada hijo ocupa un lugar desde muy chico, y ese lugar lo va a condicionar. No es lo mismo ser el primero, al que le cargan la responsabilidad y el cuidado de los hermanos menores, que ser el del medio, siempre en el medio, o el más chico, al que sobreprotegen o miman sin medida. Esos roles se pegan a la piel y terminan filtrando todo lo que se vive después.
Lo que dice la ciencia sobre los recuerdos
Un estudio publicado en la revista The Journals of Gerontology, que entrevistó a 1.369 adultos pertenecientes a 498 familias, llegó a una conclusión que a muchos les va a resonar: la mayoría de los hermanos criados en la misma casa recuerda de manera diferente el vínculo con sus padres durante la infancia, sobre todo cuando se les pregunta por el afecto recibido, por la disciplina y por cómo se manejaban los conflictos en la casa.
Es decir: no es que uno se acuerde mal. Es que lo que cada uno atesora como propio está teñido por el lugar que le tocó ocupar, por la edad que tenían sus viejos cuando lo tuvieron, por cómo estaban de plata y de ánimo en esa época. El mayor pudo vivir un padre más estricto y distante, dedicado a armar algo desde cero. El menor pudo encontrar a ese mismo padre más grande, más cansado, pero también más presente. Son dos infancias que rara vez se parecen, aunque compartan la dirección en el DNI.
¿Y entonces qué hacemos cuando los recuerdos no coinciden?
“Sería productivo abandonar la pregunta de cuál de los dos recuerda correctamente y preguntar qué significa para cada uno aquello que recuerda.”Ana Paula Rivadero, psicóloga
En la clínica y en la mesa del domingo, esa frase cambia todo. Porque el quilombo entre hermanos casi nunca es por quién tiene razón. Es porque cada uno sintió algo genuino, distinto, y al comparar versiones aparece la sorpresa, el enojo, la sensación de que el otro está inventando o ensuciando algo sagrado. Si en lugar de pelear por la verdad objetiva nos sentamos a preguntar qué significa para cada uno ese recuerdo, aparece algo más interesante: la posibilidad de escucharse de verdad.
Insisto con lo que vi en tantas reuniones: la próxima vez que un hermano te diga que tu infancia no fue como te acordás, no salgas a buscar al mentiroso. Preguntale cómo la pasó, en qué año fue lo que te cuenta, cómo estaban los viejos en ese momento. Es muy probable que las dos historias sean ciertas. Y que las dos duelan un poco, o que las dos hagan reír, dependiendo del cristal con el que se mire. Entender eso, aunque sea a los cincuenta, suele aliviar conflictos que de otra manera se heredan de generación en generación, como esa casa que siempre visitamos en verano y que, en realidad, ya no es la misma.
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