Jim Henson, el señor que le ganó la batalla al tiempo y al desprecio de los grandes
Murió a los 53, dejó un imperio de peluches con mala leche y una pregunta que sigue sin responder: si alguien como él tendría lugar hoy en la tele que mira todo el mundo.

Cuesta creerlo, pero el tipo que hizo reír a varias generaciones de nenes y grandes murió hace más de tres décadas. Jim Henson se fue en mayo del 90, con 53 años, cuando todavía le quedaba cuerda para rato. Y lo que dejó no fue nostalgia pura: dejó un método, una filosofía y una cantidad de personajes que aparecen en la cabeza de cualquiera que haya prendido un televisor antes de que existiera el cable barato.
Empezó como titiritero a los 17, en un programa infantil que duró lo que duran los fuegos artificiales en Año Nuevo en una playa de Río Grande: tres semanas. Después agarró a Jane Nebel (que después fue su esposa), armaron "Sam and Friends" y de ahí en más no paró. Lo que vino después ya lo conoce cualquiera con ojos: los Muppets, Barrio Sésamo, Fraggle Rock. Un universo entero de criaturas hechas con tela, foam y una cantidad de mala leche que los pibes del LBT celebramos en silencio.
El truco estaba en no tomarse demasiado en serio
Lo que Henson planteó en distintas entrevistas era bastante directo: los personajes que mejor funcionan son los que tienen un rasgo que podés exagerar hasta volverlo ridículo. Y cuando se vuelve ridículo, ahí se vuelve gracioso. Y cuando es gracioso, la gente se reconoce. Así de simple y así de difícil. La risa no era un fin, sino una forma de sacarle peso a las cosas, como cuando en una mesa familiar alguien corta el clima con un comentario fuera de lugar y todos nos salvamos de la sobremesa solemne.
“Absurdo es tomar lo que es realmente la vida y llevarlo a una abstracción que la gente reconozca.”Jim Henson
Eso explicaba él, sin ir mucho al grano pero yendo justo a lo que importa. La rana Gustavo, la Cerdita Peggy, el oso Fozzie con sus chistes horribles: todos funcionan porque son exageraciones de algo que está en nosotros. La vanidad, la cursilería, el querer caer bien. Y por eso treinta, cuarenta, cincuenta años después seguimos viéndolos y siguen haciéndonos ruido en la panza (a veces de risa, a veces de vergüenza ajena, que es lo mismo).
Una ausencia que todavía se nota
Henson murió por un choque tóxico derivado de una infección bacteriana. Iba 53 peleando contra el reloj, con proyectos abiertos y con la cabeza llena de ideas, como les pasa a todos los que se jubilan a los 80 en su imaginación. Después llegó Disney, compró el catálogo, lo administró como administra todo: con mano de hierro y billetera generosa. Y acá aparece la pregunta que el material original deja picando: ¿alguien como Henson tendría lugar en la tele que se hace hoy? Mi sospecha es que no, y eso no es culpa de él, es culpa nuestra.
- Arrancó a los 17 en un programa que duró tres semanas y construyó desde ahí un imperio.
- Su regla de oro: exagerar un rasgo hasta volverlo reconocible, y ahí está la risa.
- Murió a los 53, en plena producción, sin tiempo de dar el salto que imaginaba.
- La pregunta abierta es si el humor absurdo con ternura todavía tiene aire en la pantalla grande.
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