La infancia que queda a la espera: cómo se desborda el sistema de salud mental cuando los chicos ya no pueden más
Niños y adolescentes llegan a escuelas, consultorios y guardias con insomnio, autolesiones, episodios de violencia y silencio acumulado; los equipos especializados son escasos y la respuesta queda repartida entre salud, educación y justicia.

Entré al consultorio de la pediatra un martes a las diez de la mañana y la puerta estaba abierta de par en par, como si la médica quisiera dejar salir el aire cargado de la consulta anterior. En la sala de espera había una nena de unos diez años que miraba el piso, una mamá con un bebé dormido en brazos y un adolescente que se cambiaba de asiento cada cinco minutos, sin poder quedarse quieto. Cuando me atendieron, la profesional me dijo algo que se me quedó grabado: "Ya no vienen por una fiebre, vienen por cosas que antes no veíamos, o que tardábamos años en ver". Esa frase, que escuché en una recorrida por centros de salud del Área Metropolitana, es la misma que repiten maestras, psicólogas, psiquiatras y trabajadores sociales consultados para esta nota.
Síntomas que se multiplican y un sistema que no alcanza
El cuadro se repite de norte a sur con variantes pero con un mismo patrón de fondo: chicos y chicas que no logran dormir, que dejaron de comer o que comen de manera compulsiva, que se aíslan en sus habitaciones, que se hacen marcas en los brazos o en los muslos o que directamente expresan, en algún descuido, que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas aparece, con una frecuencia alarmante, una historia que en muchos casos tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla.
La violencia ocupa un lugar central en ese mapa. Las estimaciones de UNICEF son elocuentes: una de cada ocho niñas y mujeres argentinas fue víctima de una violación o una agresión sexual antes de los dieciocho años; entre los varones, la proporción es de uno de cada once. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada porque nunca encontró un interlocutor válido, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida adulta. A eso se suman maltratos cotidianos, negligencia y humillaciones que pocas veces quedan registrados en ningún expediente.
Pantallas, apuestas y un refugio que no alcanza
Las plataformas digitales agregaron una dimensión nueva al problema. Niños y adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidad de apuestas y a material que promueve conductas de riesgo. Según datos de UNICEF, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, una cifra que da cuenta de cómo el juego online se metió en la cotidianeidad de los pibes sin que las familias tuvieran tiempo de procesarlo. El uso intensivo de pantallas dejó de ser un simple hábito y, en muchos casos, funciona como refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir.
- Insomnio, pesadillas y dificultad para conciliar el sueño aún en contextos tranquilos.
- Pérdida de apetito o, por el contrario, episodios de comida compulsiva que escapan al control del propio chico.
- Aislamiento creciente, retraimiento del grupo de pares y abandono de actividades que antes disfrutaba.
- Marcas de autolesiones, que en general se ocultan con ropa larga incluso en verano.
- Expresiones de querer morirse o frases del tipo "no quiero seguir así", que nunca deberían minimizarse.
- Dificultades sostenidas para aprender, concentrarse y tolerar la frustración, que se reflejan en el aula y en la casa.
Cuando el pedido de ayuda choca contra un muro
Cuando una familia por fin advierte que algo está mal y pide ayuda, suele encontrarse con servicios saturados, falta de profesionales especializados en niños y adolescentes y tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia. La atención llega fragmentada, repartida entre la escuela que recibe el problema de conducta, el hospital que recibe el síntoma agudo y la justicia que recibe, cuando llega, la infracción. El chico, en el medio, puede perderse como persona dentro de un circuito de informes, derivaciones e intervenciones que no siempre se hablan entre sí.
A esa fragmentación se suma un dato que duele especialmente: los resultados de las pruebas PISA 2025 muestran que casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de quince años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo lograron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y capacidad de tolerar la frustración, que son justamente los recursos que se agotan cuando la energía psíquica de un chico está puesta en sobrevivir al hambre, la violencia o el abandono.
“Atendemos chicos que llegaron solos al sistema, sin que nadie los hubiera escuchado antes. Y lo peor es que el sistema tampoco está preparado para recibirlos como corresponde.”Psiquiatra infantojuvenil de un hospital público del Área Metropolitana, que pidió reserva de su nombre
Los equipos de salud mental infantojuvenil son escasos y, en muchas provincias, directamente inexistentes fuera de las capitales. Las guardias generales reciben crisis que deberían ser atendidas por dispositivos específicos, las escuelas carecen de gabinetes con profesionales suficientes y los centros de atención primaria muchas veces no cuentan con derivación posible. El resultado es un camino lleno de esperas, formularios y reencuadres que termina, demasiadas veces, con el chico sin acompañamiento sostenido en el momento exacto en que más lo necesitaba.
Qué hacer cuando un adulto empieza a ver las señales
Los especialistas consultados coinciden en que la primera herramienta no es un protocolo ni un diagnóstico, sino la presencia de un adulto dispuesto a escuchar sin apuro y sin juicio. Eso significa, en la práctica cotidiana, no minimizar frases como "estoy cansada de todo", tomarse en serio los cambios de sueño y de apetito, no tratar las autolesiones como un capricho y ofrecer, en lo posible, un espacio de diálogo antes de que la situación escale a una guardia.
También recomiendan documentar lo que se observa: fechas, cambios concretos, episodios puntuales, palabras textuales. Esa bitácora, por sencilla que parezca, suele ser clave para que un profesional pueda armar un cuadro y decidir una intervención adecuada. Y, sobre todo, remarcan que pedir ayuda no es exagerar: un chico que muestra estas señales está comunicando algo que no puede resolver solo, y la respuesta del mundo adulto puede ser, literalmente, un punto de inflexión en su vida.
Salí del consultorio y volví a pasar por la sala de espera. La nena que miraba el piso seguía ahí, ahora con un vaso de plástico en la mano que le había alcanzado la recepcionista. La mamá del bebé dormido le hablaba al oído en un murmullo. El adolescente que no podía quedarse quieto había encontrado, finalmente, un rincón donde sentarse sin que nadie le pidiera que se portara bien. Me acordé de la frase de la pediatra y entendí que la salud mental de la infancia argentina no se resuelve sólo con más consultorios: se resuelve, ante todo, con adultos que tengan tiempo, formación y voluntad de escuchar a tiempo. Por ahora, en muchos barrios del país, eso sigue siendo una excepción.
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