La panza que no se va: por qué el abdomen se resiste aun cuando uno se esfuerza
Más allá de la voluntad, hay biología, hormonas, sueño y hasta herencia. Una recorrida por lo que dice la evidencia y por qué el cuerpo no entrega la grasa abdominal solo porque uno se lo propone.

Lo vi tantas veces que ya me parece parte del paisaje: en el gimnasio de mi barrio, antes de que abran las puertas, hay gente trotando en la vereda con una remera que dice "verano 2025". Algunos toman agua con limón a las siete de la mañana y a las ocho ya están haciendo abdominales en una colchoneta. Y sin embargo, la panza sigue. No es un capricho ni una exageración: el abdomen tiene sus propias reglas, y entenderlas cambia la manera en que uno encara el asunto.
El cuerpo no elige de dónde sacar la grasa
Esa es la primera aclaración que vale la pena tener presente. Cuando uno baja de peso, el organismo toma energía de varios depósitos a la vez, según una lógica que no responde a los abdominales ni a las máquinas de abdomen. El tejido adiposo del abdomen viene en dos versiones: el subcutáneo, que está justo debajo de la piel y se nota al pellizcar, y el visceral, que es más profundo, envuelve los órganos y se asocia con riesgos cardiovasculares y metabólicos. Son distintos en ubicación, en comportamiento y en lo que implican para la salud.
Por eso, fortalecer la zona media sirve para ganar tonicidad, mejorar la postura y contener mejor el abdomen, pero no garantiza que se vea más plano. Hay personas que están firmes y aun así conservan un volumen que no cede, y eso no significa que estén haciendo las cosas mal.
Lo que se acumula y lo que se quita
La grasa visceral responde, sobre todo, a variables que uno no controla con la misma facilidad: la edad, la carga genética y los patrones hormonales individuales. De ahí que dos vecinas del mismo edificio, con rutinas parecidas y planes similares, puedan terminar con resultados muy distintos. Carlos, 52 años, me lo dijo sin rodeos mientras esperaba el ascensor: "Yo hago lo mismo que mi mujer y ella baja dos talles; yo bajo uno y medio y la panza sigue ahí". No es un tema de esfuerzo: es un tema de biología.
Dormir también es parte del plan
Acá viene un dato que suele caer como un baldazo de agua fría. Un estudio de Mayo Clinic encontró que restringir el sueño se asoció con un aumento del 9 por ciento en el área adiposa total del abdomen y del 11 por ciento en la grasa visceral, comparado con condiciones controladas. Y no termina ahí: dormir menos desordena las señales de hambre y saciedad, lo que vuelve más difícil sostener cualquier estrategia alimentaria en el tiempo. Es decir, por más voluntad que uno le ponga a la dieta, si el descanso no acompaña, el cuerpo empuja en la dirección contraria.
Lo que mejor funciona, según los números
El trabajo más robusto que apareció en los últimos años lo publicó JAMA Network Open: siguió a más de siete mil adultos durante un promedio de 7,2 años y concluyó que mejorar la calidad de la dieta y aumentar la actividad física al mismo tiempo se asocia con menor acumulación de grasa visceral. El grupo que registró las mejoras conjuntas más grandes terminó el seguimiento con 149 gramos menos de grasa visceral. La clave no es una cosa o la otra: es la combinación, y sostenida en el tiempo.
Cómo leer el proceso sin volverse loco
La evidencia apunta a estrategias que articulan alimentación, movimiento y descanso de forma prolongada. Medir el progreso únicamente por el espejo suele distorsionar la evaluación. Tres señales más confiables para seguirle el rastro al cuerpo:
- La evolución de la fuerza y de la resistencia en el entrenamiento, que habla de cómo está respondiendo el organismo.
- La continuidad de los hábitos en el tiempo, más allá de los picos de motivación.
- Los cambios en la circunferencia de cintura, un marcador más estable que la balanza cuando lo que importa es la grasa abdominal.
Vuelvo a la vereda del gimnasio y a esa mujer que trotaba antes de que abran. No la vi esta semana, pero le apuesto a que sigue ahí, firme, con su remera de temporada y su botella de agua. Y si le preguntaran qué cambió, probablemente diría lo que aprendí escribiendo esta nota: que la panza no se va solo porque uno insiste, sino porque el cuerpo, los hábitos y el descanso empiezan a tirar para el mismo lado. Mientras tanto, el espejo sigue siendo el espejo: una foto, no un veredicto.
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