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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Las tardes quietas de Luli Fernández: cómo aprendió a dejar huecos en la agenda después de los 40

A los 38, la modelo y conductora reorganizó su vida tras separarse luego de catorce años en pareja. Su jornada arranca a las seis con su hijo, pasa por el gimnasio, varias terapias y termina, cada vez más seguido, en el sillón de casa con un mate y los perros.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda · · 3 min de lectura
Las tardes quietas de Luli Fernández: cómo aprendió a dejar huecos en la agenda después de los 40

Son las seis de la mañana y la luz todavía está pegando bajo en el departamento de Recoleta cuando Luli Fernández ya está parada en la cocina, con la misma concentración con la que después enfrentará un móvil de televisión. En la mesa, su hijo Indalecio, de siete años, espera el desayuno mientras ella le prepara el lunch para el colegio. Me lo imagino porque conozco esa coreografía de memoria: la de las madres y los padres que a esa hora todavía no hablaron con nadie pero ya llevan encima el día entero. Antes de que llegue la persona que la ayuda en la casa, los dos arman la mochila, comparten unas tostadas y salen hacia Vicente López, donde queda la escuela. El trayecto en auto, me cuentan, se llena de música y de conversación, como una manera de estirar unos minutos que ya son solo de ellos.

Después de dejar a Indalecio, la rutina cambia de registro. Fernández, que hoy tiene 38 años, entrena con un profesor de musculación tres veces por semana y lleva un seguimiento con nutricionista. Lo que llama la atención, igual, es la cantidad de terapias que se fue armando a medida que atravesaba la separación tras catorce años de pareja: terapia tradicional, terapia neural, constelaciones familiares, biodecodificación y registros akáshicos. A eso se le suman las consultas habituales a una astróloga y a una numeróloga para decisiones personales y laborales. Es un mapa extenso, casi un equipo interdisciplinario, que ella fue construyendo a la par de los cambios más profundos de su vida.

De agenda saturada a tardes sin nada

El resto del día lo ocupa el trabajo. Conduce un ciclo de entrevistas para una plataforma digital que arrancó con mujeres y este año sumó una edición dedicada a varones, producción que le valió una nominación a los premios Martín Fierro. Aun así, lo que más rescata en las últimas entrevistas que dio es algo más chico, más doméstico. Durante años, dice, el trabajo funcionó como refugio y su agenda no tenía pausas. Lo que cambió no fue la cantidad de horas sino la decisión de no llenar los huecos. Cuando Indalecio está con su padre, los miércoles y los sábados, en vez de sumar compromisos, elige quedarse en casa mirando una serie, tomando mate y con sus tres perros.

“Hoy me doy cuenta de que necesito mucho menos para ser feliz. Esa reorganización de prioridades empezó en el momento más difícil del proceso de separación, cuando opté por estar quieta en lugar de acumular actividades.”Luli Fernández

El equilibrio entre la crianza y el tiempo propio se transformó en otro eje de su rutina. Desde que vive sola con su hijo, cuenta que el vínculo se profundizó: comparten más cenas, más sobremesas, más traslados conversados. Y los días que Indalecio no está, la salida con amigas funciona como una válvula para no quedar a oscuras con el silencio. Es, si se quiere, una ingeniería cotidiana que combina obligaciones, deseo y descanso a partes que ella mismas se permite renegociar semana a semana. Volviendo a aquella cocina de las seis de la mañana, queda la imagen de una mujer que aprendió a medir el tiempo en huecos y no en actividades, y que describe ese aprendizaje con la misma simpleza con la que arma el lunch de su hijo antes de subir al auto.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda

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