Milán bajó la persiana de su Semana de la Moda con una apuesta fuerte: brillar, sensualidad y faldas que se abren camino
La pasarela italiana cerró la temporada primavera-verano 2027 con colecciones que mezclaron experimentación, nostalgia de los años 2000 y un sinfín de lentejuelas. Hubo debuts, despedidas y un recorrido por las casas más emblemáticas del diseño europeo.

Lo confieso: nunca había pisado la Vía Montenapoleone durante una Semana de la Moda y, esta vez, me tocó vivirla de cerca. Llegué al quadrilatero de la moda milanesa cuando el sol todavía pegaba bajo sobre los palacios color crema, y la primera sensación fue la del mármol caliente bajo las suelas. Las persianas de los locales todavía estaban bajas en algunos tramos, pero a media mañana ya se escuchaba ese murmullo particular de la gente de prensa, las cámaras y los propios vendedores acomodando vidrieras con prendas que todavía no habían salido a la calle. Esa mañana fue la última de la Semana de la Moda de Milán, y se notaba en el aire: una mezcla de cansancio, alivio y esa pequeña vanidad que aparece cuando una ciudad entera se mira en un espejo colectivo.
La falda como declaración de principios
Prada fue la encargada de abrir el calendario y, a juzgar por lo que se vio después, marcó el tono. La dupla que forman Miuccia Prada y Raf Simons volvió a poner a la falda en el centro de la escena: hubo modelos plisados, rectos, con grandes aberturas que dejaban adivinar la pierna al caminar, estampados florales que recordaban a un verano en Sicilia y, por supuesto, lentejuelas y apliques de joyas que aparecían como pequeñas constelaciones sobre la tela. No fue una colección para vestirse con discreción; fue una invitación a tomar la calle con decisión.
Fendi, por su parte, eligió caminar por el terreno de la sensualidad sin pedir permiso. La pasarela se llenó de transparencias, encajes y prendas que claramente habían sido pensadas a partir de la lencería, con guiños a los años setenta y un homenaje explícito a Raffaella Carrà, aquella italiana que supo hacer del movimiento una forma de conversación. La propuesta dejó en claro que la casa sigue cómoda en el terreno del cuerpo como argumento.
Mezclas inesperadas y espíritu dosmilero
Marni, con Meryll Rogge al frente, propuso algo distinto: combinaciones que a primera vista parecen un disparate y que terminan funcionando. Parkas con sandalias, lunares con rayas, suéteres amplios sobre pantalones de cuero. La idea, según lo que se vio en pasarela, fue romper la lógica del conjuntos perfecto y reemplazarla por una lógica más personal, casi de placard abierto un domingo a la mañana.
Roberto Cavalli, mientras tanto, hizo un viaje en el tiempo y volvió a los 2000. Estampados animales que ya son clásicos de la casa, denim de tiro bajo que obligó a mirar más de una vez las rodillas de las modelos y transparencias que dejaron poco a la imaginación. Fue la colección más abiertamente nostálgica de la semana, y también una de las más comentadas.
Las casas grandes y los cambios de mando
Gucci presentó su segunda colección con Demna como director creativo, y la puesta en escena fue una sorpresa: la pasarela simulaba una boutique de lujo, con probadores, percheros y hasta maniquíes de adorno. La sastrería venía entallada, las referencias ecuestres aparecían en chalecos y pantalones, y los abrigos de piel sintética convivían con faldas de corte noventero que pedían volver a usar hebillas grandes en el pelo.
Dolce & Gabbana apeló a la memoria de las grandes familias sicilianas. Encajes, leopardos, bordados y piezas que parecían sacadas del joyero de una abuela con buena vista. La propuesta tuvo un aire de herencia, de blusa heredada revisitada por una nieta con más coraje que presupuesto.
El cierre fue de Armani. Silvana Armani subió a la pasarela vestidos fluidos en blanco y negro, escotes pronunciados y siluetas ligeras que, bajo una bola disco instalada a último momento, se llenaron de destellos. Cristales, lentejuelas y tejidos metalizados para una colección que no renegó de la elegancia clásica de la casa pero le sumó algo de luz.
Despedidas y nuevos comienzos
La semana también quedará registrada por sus movimientos internos. Glenn Martens presentó su última colección para Diesel tras cinco años al frente de la marca, y se notó cierto aire de despedida en la pasarela. En paralelo, Simone Rizzo y Loris Messina debutaron en Moschino con una propuesta que recuperó el humor y la irreverencia asociados a la firma, una manera de decir que el relevo no viene con gesto solemne.
- Prada puso a la falda en el centro: plisados, aberturas, flores y lentejuelas.
- Fendi apostó por la sensualidad lenciera con guiños a los años setenta y a Raffaella Carrà.
- Marni mezcló parkas con sandalias y suéteres con cuero; Cavalli volvió al 2000.
- Gucci, con Demna, simuló una boutique y combinó sastrería con faldas noventeras.
- Dolce & Gabbana recurrió al imaginario siciliano y Armani cerró con brillo bajo una bola disco.
Me fui de Montenapoleone ya entrada la tarde, con el sol más bajo y las persianas altas. Un comerciante del barrio, Mauro, de 52 años, me dijo mientras cerraba la persiana metálica de su local de camisas que él nunca mira las pasarelas, pero que cada vez que termina la semana nota algo: la ciudad se mueve más lento al día siguiente, como si necesitara un domingo extra para volver a ser ella misma. Lo entendí perfectamente. Milán terminó de mostrar sus cartas para la primavera y el verano que vienen, y dejó en claro que la moda italiana piensa volver a llamar la atención sin pedir disculpas.
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