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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Tocar un instrumento desde chico: lo que dice un estudio nuevo sobre la memoria y el rendimiento escolar

Una investigación de la Universidad Northeastern comparó a 76 chicos de 7 a 9 años y encontró mejores puntajes en quienes practicaban música. Los autores aclaran que el trabajo no prueba que las clases causen la diferencia y que el costo de la formación puede dejar a muchos afuera.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda · · 4 min de lectura
Tocar un instrumento desde chico: lo que dice un estudio nuevo sobre la memoria y el rendimiento escolar

Me crucé con esta investigación una mañana de estas en la que andaba buscando respuestas para una nota sobre chicos y aprendizajes, y me quedé pegada al sillón leyendo. Soy de las que cree que la música hace bien, pero también de las que quiere ver los números antes de ilusionarse. Y acá los hay, con sus luces y con sus sombras. Un equipo de la Universidad Northeastern, en Estados Unidos, se propuso mirar con lupa qué pasaba con 76 chicos de entre 7 y 9 años, la mitad con formación musical y la otra mitad sin ella, y los resultados dieron que hablar: quienes tocaban un instrumento rindieron mejor en pruebas de memoria, razonamiento, vocabulario y hasta en evaluaciones escolares de lectura, escritura y matemáticas. La investigadora Psyche Loui, profesora de música de esa casa de estudios, lo resumió con una idea que me pareció honesta y útil para cualquier familia: aprender a tocar exige atender varias cosas al mismo tiempo, y eso entrena las llamadas funciones ejecutivas, esa capacidad de planificar, sostener la atención, controlar los impulsos y adaptarse a lo que va cambiando.

Lo que midió el estudio y en qué hubo diferencias

Lo primero que quiero contar, porque me parece lo más importante para no malinterpretar lo que sigue, es que el trabajo no prueba que la música cause esas mejoras. Los chicos no fueron asignados al azar a clases de instrumento: fueron familias las que decidieron acercarles esa actividad, y es muy probable que en esos hogares también haya más libros, más tiempo dedicado al estudio o más conversaciones. Los investigadores intentaron controlarlo comparando grupos de nivel socioeconómico similar, y aun así la aclaración queda flotando. Saber eso no le quita valor al hallazgo, pero sí le pone un freno a la tentación de decir que mandar a tu hijo a clases de piano le va a subir las notas de matemática por arte de magia.

  • Memoria de trabajo: los chicos que tocaban retuvieron mejor información breve mientras resolvían una tarea, la misma habilidad que se usa al recordar una consigna en la escuela.
  • Razonamiento y vocabulario: los resultados fueron superiores en quienes practicaban un instrumento, según el relevamiento.
  • Aprendizaje visual y auditivo: también se observaron diferencias a favor del grupo con formación musical.
  • Rendimiento escolar: en lectura, escritura y matemáticas, las evaluaciones mostraron mejores puntajes en comprensión lectora, ortografía y reconocimiento de palabras.

La muestra fue chica pero prolija: 76 niños y niñas, organizados en dos grupos equivalentes por edad, sexo y nivel socioeconómico, con un mínimo de 30 minutos semanales de práctica entre quienes tocaban. Predominaron el piano y los instrumentos de cuerda, lo que coincide con lo que una se cruza en cualquier conservatorio barrial. La educadora musical Anita Collins, citada por el equipo, suele insistir con algo que a mí me cierra mucho: aprender un instrumento pone en juego la escucha, la planificación y la autorregulación, tres palabras que suenan a y que en la casa se traducen en algo bien concreto, que es la paciencia de quedarse practicando una escala hasta que sale.

El cerebro también mostró una diferencia, pero pequeña

A 50 de los 76 chicos les hicieron resonancias magnéticas, y ahí apareció un dato que me llamó la atención: se vio una diferencia en una vía cerebral que conecta regiones asociadas con la audición, el lenguaje y el movimiento, justo las que se ponen en juego cuando uno lee una partitura, mantiene el ritmo y coordina los dedos al mismo tiempo. Los autores son cuidadosos y remarcan que es una señal para seguir investigando, no una foto definitiva. También señalan algo que acá, en la Argentina, pesa muchísimo: el costo de la formación musical puede ser una barrera enorme, y si esta ventaja existe, no es justo que quede reservada para los que pueden pagarla.

Me fui de la lectura con una sensación que me imagino comparte más de un padre o una madre: la música no es una varita mágica, pero los indicios de que ayuda a entrenar la atención y la memoria son serios y van en la dirección correcta. Como me dijo una vez Marta, una vecina de 52 años que manda a su hija de 8 a clases de violín en el barrio, a veces lo que más rinde no es el escenario del final del año, sino esa media hora en la que la nena aprende a quedarse quieta en una tarea y a no frustrarse cuando algo no sale. Si los números acompañan, mejor todavía; si no, también vale.

CL
Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda

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