Una mano que sostiene, un abrazo que calma: lo que la piel sabe y la cabeza todavía está aprendiendo
Una especialista en neurociencias afectivas explica por qué el contacto físico con otra persona ayuda a regular el miedo y la ansiedad, en qué se diferencia de tocarse a uno mismo y cuánto pesa la cultura a la hora de medir la distancia entre los cuerpos.

Vine a la cita con la idea de arrancar por alguna pregunta técnica, algo sobre el sistema nervioso o las respuestas del cuerpo al estrés, pero lo que terminó ordenando esta nota fue algo mucho más simple: una mano que se estira y otra que la recibe. La doctora en Neurociencias Afectivas Paula Salamone me recibió en su oficina con esa calidez de quien lleva años investigando algo que, en el fondo, todos practicamos desde chicos sin necesidad de un laboratorio, y me propuso empezar por ahí, por el gesto más elemental, el de tomar la mano de alguien cuando el mundo se pone denso.
Porque, según me explicó, ese movimiento tan chico no es un detalle decorativo del acompañamiento: intervenir con el cuerpo sobre el cuerpo de otra persona modifica respuestas fisiológicas concretas, vinculadas con el miedo, la ansiedad y la forma en que el organismo encara una situación de estrés. Salamone insistió con un ejemplo que me quedó dando vueltas, el de los chicos que, en medio de una tormenta o de una consulta médica que les asusta, buscan la mano de un adulto. Esa escena, que parece menor, está estudiada y atravesada por datos: cuando un niño agarra la mano de alguien en quien confía, los niveles de temor tienden a bajar.
La piel como puerta de entrada
Lo que hace Salamone, me contó mientras ordenaba unos papeles sobre el escritorio, es mirar qué pasa cuando la piel recibe un estímulo, una caricia, un apretón, un masaje, y seguir ese camino hasta el cerebro, la médula espinal y las respuestas que se disparan en el resto del cuerpo. En ese recorrido, el tacto deja de ser un dato superficial y pasa a ser un regulador de las emociones, algo que incluso puede empujar al organismo hacia estados de mayor relajación.
Le pregunté qué pasaba cuando uno se toca a sí mismo, porque todos tenemos el gesto de acariciarnos la barba, pasarnos la mano por el cabello, frotarnos los brazos cuando hace frío o estamos nerviosos. Salamone asintió y aclaró que ese autocontacto también funciona como una vía para regular lo que sentimos, pero la respuesta no es la misma. El cerebro distingue, y mucho, entre una acción que uno mismo genera y un estímulo que llega desde afuera. Cuando el movimiento lo hago yo, lo anticipo; cuando lo hace otro, queda un resto de incertidumbre que cambia la intensidad y el significado del contacto.
Las cosquillas como pista
Para mostrar esa diferencia, Salamone recurrió a las cosquillas, ese juego tan viejo como la infancia. Si uno intenta hacerse cosquillas solo, el cuerpo se las arregla para predecir el lugar, el momento y la forma del contacto, y la sorpresa se achica. Cuando las cosquillas las provoca otra persona, en cambio, queda un componente de azar que las vuelve más intensas. Y hay algo más, agregó: las cosquillas forman parte del juego y del vínculo social, son una manera de reconocerse con el otro, y por eso escapan a una explicación puramente mecánica.
La cultura decide a cuántos metros nos paramos
Antes de cerrar la charla, le pregunté hasta dónde llega la biología y dónde empieza la costumbre, y Salamone me regaló una imagen que vale más que cualquier gráfico. Durante un trabajo de investigación que hizo en Suecia, me contó, charlar con un colega a tres metros de distancia era lo más normal del mundo. Nadie se sentía lejos, nadie percibía frialdad, simplemente era la medida que la cultura tenía para esa interacción. La moraleja, dijo, es que las diferencias en el espacio personal entre los países no implican que se sientan emociones distintas, sino otras formas de expresarlas y de vincularse. Cerca o lejos, cada sociedad aprende su propio idioma corporal.
Después de la pandemia, la pregunta que queda
Salamone integra en la Argentina el equipo Tango-i Lab, un grupo que, entre otras líneas, estudia la relación entre el contacto físico y los síntomas de despersonalización, esa sensación extraña de sentirse separado del propio cuerpo. El equipo también se está preguntando algo que me pareció clave para los tiempos que corren: si la falta de interacción física durante los largos meses de aislamiento por la pandemia dejó huellas posteriores, si esa ausencia de abrazos y de manos estrechadas pasó una factura que todavía estamos pagando. Es, por ahora, una pregunta de investigación, sin respuestas cerradas, pero ya forma parte de la agenda.
Salí de la entrevista pensando en la mano que había sobre el escritorio mientras Salamone hablaba y en la mía, que durante toda la charla se había quedado quieta sobre la mesa, a centímetros de la suya, sin llegar a cruzarse. A veces, me parece, las notas más importantes sobre el contacto físico se escriben en el aire que queda entre dos cuerpos que todavía no se animaron a tocarse.
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