Una remera colgada en un museo: la moda argentina se cuenta a sí misma en el Moderno
La muestra «Vestir mundos» reúne más de dos décadas de diseño de autor local y propone leer la indumentaria como un archivo vivo de las crisis, las identidades y los debates ambientales del país. Estará abierta hasta julio de 2027.

La primera vez que crucé la puerta del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires con esta nota en la cabeza, lo que menos esperaba era terminar mirando un guardapolvo blanco como si fuera una bandera. Pero eso es exactamente lo que propone «Vestir mundos», la exposición que el ModMA acaba de inaugurar junto a la Fundación IDA y que va a quedarse en sus salas hasta el 1 de julio de 2027, así que hay tiempo de sobra para ir a chequearlo con los propios ojos.
La idea de base es tan sencilla como potente: una remera, un tapado, un vestido pueden leerse como documentos de su época, igual que un diario o una foto de familia. Bajo esa premisa, los curadores Franco Chimento y Raúl Flores armaron un recorrido por seis núcleos temáticos donde la indumentaria argentina de las últimas décadas aparece como registro de las crisis, los debates ambientales y las identidades culturales del país.
De la crisis de los noventa al «hacerse cargo»
Los primeros núcleos se meten de lleno con las respuestas creativas que surgieron a fines de los noventa y comienzos de los dos mil, cuando la economía parecía un campo minado y los diseñadores, en vez de bajar los brazos, empezaron a experimentar. Ahí aparece Trosmanchurba, el estudio de Martín Churba y Jessica Trosman, que se hizo famoso por fusionar textiles, quemar plásticos y usar materiales descartados para redefinir qué se entiende por sofisticado. Y aparece, sobre todo, una colección que me llamó la atención hasta dejarme pensando un rato largo: «Pongamos el trabajo de moda para siempre», de 2004, hecha junto a la Cooperativa La Juanita, que resignificó el guardapolvo blanco como símbolo de trabajo autogestionado. Chimento lo dijo con una frase que me parece que resume todo el espíritu de la muestra: «Son diseños que dialogan con las inquietudes de su tiempo y transforman la carencia o la dificultad en potencia».
Otro de los ejes fuertes es la sostenibilidad, y acá la muestra se pone casi militante. El colectivo 12NA, de Mariano Breccia y Mercedes Martínez, se dedica a desarmar y recomponer prendas de segunda mano. Juliana García Bello trabaja con ropa heredada y manteles donados, como si cada costura fuera una herencia familiar. Y la firma Therapy Recycle and Exorcise, con base en Córdoba y Berlín, lleva el suprarreciclaje a las subculturas nocturnas, sin distinción de género ni de temporada.
Hay también un lugar enorme para el diálogo con las tradiciones regionales. MANTO, de Clara de la Torre y Diana Dai Chee Chaug, trabaja desde 1996 con hilanderas del norte argentino y produce prendas en lana de oveja y pelo de llama combinadas con sastrería contemporánea. La salteña Roxana Liendro hace algo que a mí, que crecí viendo ferias de artesanías, me parece de lo más elocuente: traslada técnicas de orfebrería, como el repujado y el cincelado, sobre textiles andinos como el barracán y el aguayo. Ropa que lleva encima un pedazo de historia.
“Una remera, un tapado o un guardapolvo pueden leerse como documentos de su época.”La curaduría de «Vestir mundos»
Lo que más me gustó, y se lo escuché decir a más de un visitante mientras recorría las salas, es que la exposición no se queda en la nostalgia ni en el catálogo bonito. Las búsquedas más recientes que integra apuntan de lleno a la biotecnología y la producción circular, con diseñadores como Romina Cardillo que ya están pensando la ropa con lógica de laboratorio. Es decir, el recorrido va del placard de la abuela al futuro, sin escalas innecesarias.
Por qué importa, más allá de la moda
«Vestir mundos» no es una pasarela ni una vidriera: es, en definitiva, un modo de contar la Argentina de las últimas décadas a través de lo que la gente se puso, se pone y va a ponerse. Para cualquiera que tenga entre 40 y 60 años y haya vivido las crisis de los noventa, los avatares del 2001, el regreso del aguayo y la irrupción del jean gastado como uniforme generacional, recorrer esta muestra es un ejercicio de memoria casi involuntario. Yo salí del museo pensando que la próxima vez que abra el placard, capaz lo mire con otros ojos. Y eso, tratándose de una exposición de ropa, ya es muchísimo.
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