Vivir acompañado, vivir más: lo que un estudio con miles de voluntarios británicos revela sobre la soledad y los años de vida saludable
Una investigación con más de 277 mil participantes del Biobanco del Reino Unido encontró que quienes padecían soledad y aislamiento social acumulaban menos años libres de enfermedades. Los hombres perdieron hasta 5,8 años de salud mental y los hábitos saludables no alcanzaron para revertir del todo el impacto de sentirse solos.

Me lo imagino y me lo represento tantas veces que casi lo veo: un hombre de unos cincuenta y tantos, en una cocina pequeña, con la pava silbando y nadie a quien preguntarle si le pone otra saquito. No es un detalle menor. Porque hay una diferencia enorme, y a veces se nos pasa por alto, entre estar solo y sentirse solo. Un estudio reciente con más de 277 mil voluntarios del Biobanco del Reino Unido se tomó el trabajo de separar esas dos cosas y medir, en años de vida saludable, cuánto pesa cada una. Y los números que arrojó invitan a pensar un rato largo, sentados, con el mate al lado.
No es lo mismo tener pocos contactos que sentirse solo
Acá va una distinción que a mí, cuando la leí, me ordenó la cabeza. El aislamiento social es tener pocas relaciones o interactuar de forma limitada con los demás. La soledad, en cambio, es ese malestar que aparece cuando nos falta una conexión que nos resulte significativa, más allá de cuántos contactos tengamos en el teléfono. Una persona puede ver poca gente y no sentirse sola, si esos vínculos le alcanzan y la sostienen. Y al revés: se puede estar rodeado de conocidos y, sin embargo, experimentar ese hueco adentro que no se llena con presencia sino con apego verdadero.
Los autores del trabajo recurrieron a definiciones del Consejo Nacional de Envejecimiento para no mezclar los términos. Y esa precisión no es capricho de investigador: cuando uno revisa los resultados, ve que la soledad y el aislamiento pegan distinto en el cuerpo y en la cabeza, y también se dejan mitigar de maneras diferentes.
Qué midieron y a quiénes
- Siguieron a más de 277 mil personas del Biobanco del Reino Unido, de entre 40 y 69 años, que al ingresar no padecían ninguna de las siete condiciones evaluadas.
- Tomaron los 50 años como punto de referencia para calcular cuántos años libres de enfermedades podía esperar vivir cada participante.
- Compararon esa expectativa entre quienes sufrían soledad, aislamiento social o ambas situaciones, y quienes no atravesaban ninguna de las dos.
- Evaluaron por un lado las enfermedades físicas (diabetes, problemas cardíacos, pulmonares, demencia y cáncer) y por el otro la salud mental (depresión y ansiedad).
Los números que dejaron pensando a más de uno
Las cifras que difundió la Universidad de Tulane el 22 de septiembre de 2026, con Lu Qi como investigador principal, son de esas que conviene repetir en voz baja. Entre las mujeres que experimentaban soledad y aislamiento social, la estimación de vida sin problemas físicos fue 2,4 años menor; entre los hombres, 1,7 años menor. Hasta acá, podríamos decir, dentro de lo esperable. Pero cuando el foco pasa a la salud mental, la brecha se agranda y se vuelve más difícil de digerir: 3,7 años menos para ellas y 5,8 años menos para ellos. Casi seis años de salud mental que se evaporan, en buena medida, por el peso de sentirse solos.
Qi fue claro al presentar los hallazgos: el estudio abarca tanto la salud física como la mental, y los años que se pierden son años libres de las enfermedades evaluadas, no años de vida perdidos en sentido estricto. Aun con ese matiz, el mensaje de fondo se entiende sin mucho esfuerzo.
Los hábitos alcanzan para una cosa, pero no para la otra
Lo que más me llamó la atención, y confieso que me dejó dándole vueltas un par de noches, fue el lugar de los hábitos. Porque uno tiende a pensar que comer bien, moverse, dormir las horas que hay que dormir y no fumar es casi una fórmula mágica. Y en parte lo es: una alimentación saludable, la actividad física, el buen sueño y no fumar atenuaron la pérdida de años sin enfermedades asociada al aislamiento social. Sirvieron, entonces, para amortiguar el golpe de tener pocos contactos. Pero cuando lo que estaba en juego era la soledad, esos mismos hábitos no lograron reducir de manera significativa los riesgos. Sostener un estilo de vida prolijo ayuda, sí, pero no compensa del todo la falta de una conexión que nos haga sentir vistos.
Eso quiere decir que, aun haciendo todo lo que nos dijeron que había que hacer, si adentro con las personas que nos rodean, el cuerpo y la cabeza terminan pasándola peor. La investigación lo puso en números, y a mí me parece que esa es una de esas verdades incómodas que conviene tener escrita en algún lado, a la vista, para no olvidarla.
Vuelvo al hombre de la cocina del principio. No conozco su nombre, no sé si fuma o si camina por el parque los domingos. Pero sí sé, porque el estudio lo dice, que si se siente solo y, encima, tiene pocos contactos, le espera un horizonte algo más corto en años libres de depresión y ansiedad. Y que los hábitos no van a alcanzar a tapar ese hueco. Lo que sí puede hacer mella es lo que parece más simple y, a la vez, lo más difícil: construir y cuidar los vínculos. Llamar a un amigo, tomar un café con la vecina, sumarse a un taller, pedirle a un hijo que se quede un rato más a charlar. Son gestos chicos, pero pesan. Y este trabajo, con sus más de 277 mil voluntarias y voluntarios, se encarga de recordárnoslo con números que no se dejan discutir tan fácilmente.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Seguí leyendo

La soledad, elegida y en su justa medida, podría ser buena para la salud


