Cinco llaves para volver a encontrar el ritmo cuando el cuerpo y la cabeza dicen basta
Pausas breves, metas concretas y revisar la propia relación con la exigencia aparecen en el centro de las recomendaciones de especialistas y organismos internacionales para desarmar el piloto automático del agotamiento.

Lo vi con mis propios ojos una mañana de semana, en la cocina de un departamento de Almagro: María Inés, 52 años, administrativa en una empresa de seguros, revolvía el café con la mirada perdida mientras repasaba en voz alta las cosas que tenía que hacer antes del mediodía. Cuando le pregunté cómo estaba, me dijo, casi sin pensarlo, que ya no sabía ni por dónde empezar la jornada. Esa escena, que se repite en miles de hogares argentinos, es la misma que describe Marta Cereceda, coach especializada en gestión del estrés, cuando habla del cansancio que no da tregua y que no se resuelve durmiendo un domingo entero.
Porque el problema, según explica la especialista, no siempre es la cantidad de trabajo sino la ausencia de paradas intencionales. Cuando el día se convierte en una cadena de tareas sin orden claro, la cabeza entra en piloto automático y hasta las decisiones más simples empiezan a pesar. Cereceda propone cinco prácticas concretas para salir de ese loop sin exigir una reorganización total de la rutina, y coinciden con lo que vienen señalando la Organización Internacional del Trabajo y la Organización Mundial de la Salud.
Los cinco hábitos que recomienda la especialista
- Destinar unos minutos al inicio o al cierre del día a observar el propio estado, sin repasar pendientes, y responder preguntas simples como cómo uno se encuentra, qué necesita en ese momento o qué tareas siguen teniendo sentido.
- Alejarese brevemente de la pantalla, respirar o cambiar de espacio antes de retomar la tarea, para reducir la cantidad de decisiones inmediatas que se vuelven una fuente adicional de presión.
- Identificar qué hay detrás de la resistencia a parar y preguntarse si el impulso de seguir responde a miedo de no llegar, de perder el control o de decepcionar, porque reconocerlo desplaza el foco desde la organización pura hacia la relación personal con la exigencia.
- Reemplazar objetivos vagos por acciones específicas y observables, como caminar dos tardes por semana, reservar una noche sin trabajo o dedicar una comida a estar presente, y después evaluar qué efecto concreto tuvieron: más energía, más tranquilidad o más sensación de control.
- Reconocer que parar no depende solo de la voluntad individual y que las organizaciones deberían consultar a sus equipos sobre la distribución del tiempo y la carga de trabajo.
“Esa pausa devuelve perspectiva cuando el trabajo se realiza por inercia y permite diferenciar entre lo urgente y lo importante.”Marta Cereceda, coach especializada en gestión del estrés
La OIT, por su parte, viene insisting en que los descansos deben ajustarse en tiempo y frecuencia a la carga real de cada actividad, y vincula las jornadas extensas y la falta de pausas con el estrés laboral. La OMS, en tanto, advierte que la prevención de los problemas de salud mental vinculados al trabajo requiere tanto medidas individuales como cambios en las condiciones laborales. Es decir: nadie se salva solo con buena voluntad si la estructura aprieta desde afuera.
Volví a cruzarme con María Inés unos días después, cuando volví al mismo edificio a visitar a un vecino. Me la encontré en la puerta, con un bolso de gimnasia, y me dijo, medio en chiste medio en serio, que había empezado por lo más chico: cinco minutos de café sin celular antes de abrir la primera planilla. Nada revolucionario, me aclaró, pero suficiente para no arrancar la jornada ya agotada. Y esa, justamente, es la clave que repiten los especialistas: el punto de partida es tan pequeño como detenerse un momento antes de seguir.
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