Cuando el café de los chicos se vuelve un problema: lo que hay que mirar en casa
Especialistas de Yale explican por qué la cafeína puede arruinarles el sueño a los adolescentes, dónde se esconde fuera de la taza y a qué hora dejar de darla. Una guía para padres que quieren abrir la conversación sin convertirla en una pelea.

Lo vi la semana pasada en la puerta de un kiosco del barrio, una mañana de esas en que uno va con la mente en cualquier cosa menos en lo que tiene enfrente: dos chicas de unos catorce o quince años, mochilas al hombro, uniformes todavía medio puestos, compraban una lata de bebida energética y un sobrecito de esos que se disuelven en agua con sabor a frutilla. Charlaban tranquilas, como si fuera lo más normal del mundo. Y probablemente, para ellas, lo era. Por eso me llamó la atención el informe que llegó desde la Universidad de Yale y que me parece útil compartir, porque pone palabras a algo que muchos padres intuyen pero no terminan de abordar: la cafeína en los adolescentes no es un tema menor, y a veces se esconde donde menos lo imaginamos.
Señales que conviene no pasar por alto
La neumonóloga y especialista en sueño Sabhyata Agrawal, de Yale, fue muy clara al advertir que un exceso de cafeína puede provocar en los chicos dificultades para dormir, temblores, palpitaciones, molestias digestivas, inquietud y ansiedad. A eso se suma, según lo que contó, una posible caída del rendimiento escolar. No hace falta que aparezcan todas juntas: a veces alcanza con que el pibe o la piba esté más nervioso de lo habitual, duerma mal o se levante agotado para empezar a sospechar. Carlos, un vecino de 52 años que conozco del colegio de sus hijos, me decía el otro día, mientras tomábamos mate en la vereda, que a su hija de quince le había costado horrores llegar a fin de año con los estudios y que él lo atribuía al cansancio. Cuando le mencioné lo de la cafeína, se quedó pensando en silencio unos segundos, como si recién cayera, y me dijo: «Puede ser, eh, porque a la noche se queda jugando con los chicos de la play y toma de todo». Esa es, justamente, la escena que describen los investigadores de Yale: la combinación de pantallas, juego y estimulantes.
Agrawal explicó que esas señales no aparecen porque sí: si un chico está tomando más cafeína de la que su cuerpo tolera, el cuerpo avisa. Y a veces avisa antes de que los padres se den cuenta de cuánto consume realmente.
Dónde se esconde la cafeína (más allá de la taza de café)
- Bebidas energéticas, que suelen tener cantidades elevadas por lata.
- Gaseosas de cola y otras con cafeína agregada.
- Chocolate, especialmente el amargo o los productos con alto porcentaje de cacao.
- Chicles con cafeína, cada vez más comunes en kioscos y estaciones de servicio.
- Sobres saborizados para disolver en agua, con sabores dulces o frutales que disimulan el amargor. Los especialistas de Yale citados en el informe indican que pueden aportar entre 50 y 200 miligramos por unidad.
La profesora asociada de Psiquiatría de Yale Grace Kong explicó algo que a mí, como adulta, me hizo ruido: los sabores dulces y frutales de esos sobres tapan el gusto amargo de la cafeína y los vuelven más atractivos para los jóvenes, lo que favorece que los prueben y repitan. Lo digo porque uno tiende a controlar la taza de café o el mate cocido, y no repara en que un chico puede estar sumando miligramos a lo largo del día sin que nadie en la casa lo registre.
A qué hora dejar de tomarla y por qué
Acá viene un dato que me parece clave y que a varios padres les va a servir para fijar una regla concreta. Según Agrawal, la cafeína empieza a actuar entre 30 y 45 minutos después de ingerirla, pero su efecto no se termina ahí: entre cinco y seis horas más tarde, todavía queda en el organismo aproximadamente la mitad de lo que se consumió. Por eso, la especialista aconsejó evitarla después de las 13 o las 14, teniendo en cuenta el horario habitual de descanso de cada familia. Es decir: si un pibe toma una bebida energética a las cinco de la tarde, a la medianoche todavía le está dando vueltas en sangre la mitad de la cafeína que tomó.
Y hay un agravante propio de la edad. Durante la adolescencia, el reloj biológico se corre hacia horarios más tardíos, lo que hace naturalmente más difícil dormir temprano y levantarse para ir al colegio. Si a eso se le suma cansancio acumulado, aparece la tentación de tomar un estimulante para aguantar la tarde, y el alivio momentáneo vuelve a retrasar el sueño. Es un círculo que los propios especialistas describen como un loop, y que termina dejando al adolescente cada vez más agotado al día siguiente.
Qué dicen los especialistas sobre los menores
Hay un punto que vale la pena subrayar porque choca con una costumbre muy instalada: las recomendaciones que valen para los adultos no se trasladan tal cual a los chicos. La investigadora Jennifer Jiyun Park, del Departamento de Psiquiatría de Yale, recomendó directamente evitar la cafeína antes de los 18 años y, en particular, sacar las bebidas energéticas de la alimentación de niños y adolescentes. Agrawal coincidió y agregó un dato para tener en cuenta: los jóvenes pueden experimentar molestias con cantidades menores que las que tolera un adulto, es decir, que el umbral de lo que les hace mal es más bajo de lo que uno suele pensar. Park también describió un escenario muy concreto, el de los jóvenes que toman cafeína mientras juegan videojuegos en línea, donde el consumo responde tanto al deseo de mantenerse despiertos como a una costumbre compartida con otros jugadores, algo que los hace sentir parte del grupo.
Cómo abrir la conversación en casa
Después de leer todo esto, y una vez más con el mate todavía tibio, volví a pensar en la escena del kiosco. No se trata de prohibir por prohibir ni de convertir el tema en un campo de batalla, sino de mirar con atención qué consume cada integrante de la familia, en qué cantidades y a qué hora. Revisar las rutinas nocturnas, prestar atención al uso de pantallas antes de dormir y conversar sin dramatizar suelen ser, según los especialistas citados, las mejores puertas de entrada. Y si el chico ya muestra alguna de las señales que mencioné al principio —dificultades para dormir, nerviosismo, temblores, caída en el rendimiento escolar—, conviene tomar el tema en serio y, si hace falta, consultar con un profesional. A veces, como me dijo Carlos antes de irse: «Uno se entera de estas cosas y piensa en todo lo que le debí preguntar a mi vieja y no le pregunté». Tiene y dos años y razón: con los hijos no hay que adivinar, hay que preguntar.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Seguí leyendo

Dos preguntas que pueden cambiar el rumbo: cómo distinguir los deseos propios de los mandatos que llegaron de afuera


Teresita, la profesora que hizo florecer almendras en un lote baldío de Plottier
