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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando el reloj biológico ya no espera: la pelea íntima de dos madres por llegar a Juana y Eva

Pamela y Mariana atravesaron tratamientos fallidos, una médica que les cambió la estrategia y una decisión compartida que terminó en dos embarazos. Hablan del método ROPA, de los comentarios que duelen en la calle y de la familia que armaron.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda · · 4 min de lectura
Cuando el reloj biológico ya no espera: la pelea íntima de dos madres por llegar a Juana y Eva

Las conocí una mañana cualquiera, en una mesa de café con infusiones humeantes y un audio de WhatsApp de la Juana que les mandaba la abuela desde el colegio. Pamela Visciarelli, 45 años, y Mariana Blanco, 49, me recibieron en su casa de siempre, ese living con fotos de las nenas en cada rincón, y antes de sentarnos ya me estaban contando que la historia de cómo llegaron hasta ahí no fue un camino recto sino más bien una serie de curvas, algunas muy empinadas. Ellas son una de esas parejas de mujeres que, después de varios intentos frustrados, terminaron abrazando el método ROPA, esa sigla que durante un tiempo sonó a idioma extraterrestre en sus conversaciones y que hoy les borró la duda de que las dos podían ser madres en el mismo sentido profundo de la palabra. Yo las escuché, anoté lo que me dictaron, y me fui a buscar la palabra médica para entender qué era lo que habían hecho.

Qué es el método ROPA, según el especialista

Antes de seguir con Pamela y Mariana, llamé a Agustín Pasqualini, especialista en medicina reproductiva, que me explicó con una paciencia enorme en qué consiste esta técnica. ROPA significa Recepción de Ovocitos de la Pareja, me dijo, y se trata ni más ni menos que de una fecundación in vitro en la que una de las mujeres aporta los óvulos y la otra lleva adelante el embarazo. Lo que me aclaró enseguida es que no hay una distribución obligatoria de roles, como a veces se cree por ahí. La decisión se construye entre las dos, escuchando los deseos de cada una y sumando una evaluación médica individual que contempla, en quien dona los óvulos, la edad y la reserva ovárica, y en quien gesta, el estado general de salud, la historia ginecológica y obstétrica y las condiciones del útero. Si las dos están en condiciones de ocupar cualquiera de los dos lugares, ahí entonces pesa más cómo quiere vivir la maternidad cada una. Hay parejas, me contó Pasqualini, que eligen este método para que las dos participen corporalmente del proceso reproductivo, y hay otras en las que, además del deseo, hay un motivo médico que termina de inclinar la balanza.

Volví a la mesa del living con esos datos dando vueltas en la cabeza, y Pamela me dijo algo que me quedó dando vueltas todo el día. Ella, que hoy tiene 45 años, me contó que durante el embarazo de Mariana la paraban en la calle, en el supermercado, en la sala de espera del pediatra, y que había gente que no entendía qué lugar ocupaba ella en esa familia. Explicar que también era la mamá se volvió parte de su vida cotidiana, una tarea que a veces cansa y a veces duele, pero que ella encara con la misma firmeza con la que tomó la decisión de gestar a Eva dos años después de que naciera Juana.

La historia de Pamela y Mariana, en sus propias palabras

  • Después de varios tratamientos que no habían logrado un embarazo, su médica Liliana Blanco les propuso probar con el método ROPA, una alternativa que ninguna de las dos había escuchado nombrar hasta ese momento.
  • La indicación fue que Pamela aportara los óvulos y Mariana se encargara de la gestación, ya que hasta entonces Mariana había sido quien había puesto el cuerpo en los intentos anteriores con sus propios óvulos.
  • La elección del orden tenía además un acuerdo previo de la pareja: por la diferencia de edad, querían que Mariana tuviera primero la experiencia de llevar un embarazo y parir.
  • Juana nació de ese primer tratamiento y, según relataron, llegó en la primera transferencia embrionaria, sin necesidad de repetir intentos.
  • Dos años más tarde, con Pamela como gestante, nació Eva, también en la primera transferencia, lo que convirtió a esa familia en una de las pocas que puede contar que los dos embarazos llegaron al primer intento.

Antes de irme, mientras las nenas terminaban la merienda en la cocina y se peleaban por el último pedazo de bizcochuelo, le pregunté a Pamela qué había significado para ella todo ese recorrido. Me dijo, mirándome fijo, que la llegada de Juana le permitió reconocer su propia maternidad sin haber atravesado un embarazo, y que el nacimiento de Eva terminó de cerrar un círculo que durante años se había abierto y cerrado una y otra vez. Mariana, que hasta ese momento había escuchado en silencio con las manos cruzadas sobre la mesa, agregó algo que me pareció la síntesis perfecta de la tarde: que la maternidad, en su casa, no empezó en una panza ni en un laboratorio, sino en la decisión de las dos de seguir intentando juntas. Me levanté, les agradecí el café, crucé la calle y me fui pensando que detrás de cada sigla médica hay, casi siempre, una historia de amor que ningún paper académico termina de contar.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda

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