Cuidar el cerebro en la vejez: la fórmula que se puso a prueba en Buenos Aires con mil adultos mayores
Médicos, investigadores y participantes coincidieron en que la memoria se protege con un combo de hábitos: buena alimentación, movimiento, vida social, entrenamiento mental y control del corazón. Una investigación internacional, con sede local, midió qué pasa cuando esos cinco factores se trabajan juntos durante dos años.

Yo entré al salón del encuentro todavía con el ruido de la calle en los oídos. Adentro, sin embargo, el tema era otro: cómo evitar que la demencia se lleve pedazos de la memoria antes de tiempo. Lo que se discutió durante esas jornadas en Buenos Aires fue el resultado de LatAm-FINGERS, un estudio internacional que durante dos años siguió a 1.065 personas mayores de once países, entre ellos Argentina, y que volvió a poner sobre la mesa una idea que suena simple pero que en la práctica cuesta sostener: que la salud del cerebro no depende de una sola pastilla ni de una única actividad, sino de un combo de hábitos que se sostienen en el tiempo.
Cinco patas para una misma mesa
Los especialistas que presentaron el ensayo en Buenos Aires insisten en que la prevención de la demencia es, en realidad, una estrategia conjunta. La integran la alimentación saludable, la actividad física, el entrenamiento cognitivo, los vínculos sociales y el control de los factores cardiovasculares. Este último punto suele quedar en segundo plano, pero los investigadores lo subrayan con fuerza, porque la hipertensión, la diabetes, el tabaquismo y el colesterol elevado deterioran los vasos sanguíneos que nutren al cerebro y terminan pasando factura a las capacidades cognitivas.
- Alimentación saludable, adaptada a los productos y costumbres de cada lugar.
- Actividad física regular, adaptada a la edad y a las posibilidades de cada persona.
- Estimulación mental, con actividades que desafíen la memoria, la atención y el lenguaje.
- Vínculos sociales sostenidos, porque el aislamiento es un factor de riesgo.
- Control cardiovascular: presión, glucosa, colesterol y abandono del tabaco.
Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de FLENI e investigadora principal de LatAm-FINGERS, fue una de las voces más claras a la hora de explicar por qué el ensayo se pensó así. “La clave consiste en sostener el principio de la intervención sin ignorar las diferencias culturales y sociales”, señaló. En otras palabras: no se trata de copiar un menú europeo ni un gimnasio s
Yo salí del encuentro con una sensación que me quedó dando vueltas, y que vale la pena compartir. Le pregunté a Emilio, un vecino de 72 años que conozco desde hace años, qué hacía él para cuidar la memoria, y me dijo, casi como disculpándose: “Y mirá, yo camino hasta la plaza, juego al dominó los domingos y trato de no repetir siempre la misma comida”. Emilio, sin saberlo, estaba aplicando tres de las cinco patas del combo que discutían los especialistas en Buenos Aires. La gran pregunta que dejó LatAm-FINGERS es si esas pequeñas rutinas cotidianas, sostenidas en el tiempo y acompañadas por controles médicos periódicos, alcanzan para marcar una diferencia real. Los números del estudio son alentadores: el 80% de los participantes tuvo una adhesión moderada o alta al programa y el 84,9% completó la evaluación final. Pero los propios investigadores aclararon algo que a mí, como cronista, me parece importante repetir: estos resultados no significan que una rutina saludable garantice evitar la demencia. Significan otra cosa, igual de valiosa: que cambiar hábitos en la vejez es posible, y que cuando se hace en serio, con acompañamiento profesional y con metas realistas, la cabeza responde.
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