Decir que no cuesta, pero el silencio del cuerpo termina saliendo más caro
Ansiedad, resentimiento acumulado y hasta dolores sin causa médica clara: lo que deja no poder poner límites. Del otro lado, no tolerar el "no" del otro también lastima. Una nota para entender por qué nos pasa y por qué no es un destino escrito en piedra.

Lo vi por primera vez en una sala de espera del hospital público de Boulogne, un martes a media mañana. Mientras hacía la nota sobre los turnos postergados, una señora de unos cincuenta y tantos, a quien después supe que se llamaba Marta, me dijo, casi al pasar, que llevaba años con un dolor en la panza que los médicos no le podían explicar. No era una metáfora: tenía estudios, tenía diagnóstico vago, tenía pastilla para dormir y una hija que la llamaba todos los días para que le cuidara a los nietos, le acompañara al médico y le resolviera lo que le pidiera. "Yo no puedo decir que no, nena", me dijo mirándome a los ojos, como si me confesara algo. Y ahí, hablando con ella una hora más de lo previsto, entendí que lo suyo no era el estómago: era un aprendizaje viejo que se le había quedado pegado al cuerpo.
Por qué a algunos nos cuesta tanto decir que no
El límite empieza a formarse desde los primeros meses de vida, cuando todavía no somos más que un bulto que llora y pide. El bebé necesita que alguien lo ponga por él, porque no hay forma de tener cabeza propia sin un afuera que contenga. El pecho que no siempre está justo cuando lo queremos, el "no" firme de la madre ante una hornalla encendida, la pequeña espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido en el momento como una frustración, es lo que después nos permite diferenciar lo que queremos de lo que podemos, lo nuestro de lo de los demás. Por eso, lejos de ser lo opuesto del amor, el límite es una de sus formas más concretas.
Cuando ese aprendizaje falló: dos patrones que se ven todo el tiempo
Cuando ese proceso no se completa bien, aparecen dos modos de funcionar que son opuestos pero que en la práctica se cruzan todo el tiempo en las familias, en las oficinas, en los grupos de WhatsApp. El primero es el de quien no puede poner límites, y suele ser alguien que aprendió muy chico que su propio deseo molestaba o que decir que no ponía en riesgo algo importante, el amor de un padre, un trabajo, la paz del domingo a la noche. De grande, esa misma persona acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde, con una sonrisa que termina siendo una contractura en la mandíbula. Los costos son concretos y los médicos los conocen bien: cuadros de ansiedad, un resentimiento que se va acumulando como deuda en una cuenta corriente y un cansancio que ningún descanso resuelve, porque no es físico sino psíquico, es el cuerpo sosteniendo lo que la cabeza no se anima a soltar. Y si eso se prolonga, el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no se animó a poner: dolores sin causa orgánica clara, insomnio que no cede con nada, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.
El segundo patrón es el de quien no tolera el límite ajeno. Para esa persona, cualquier "no" se vive como una ofensa personal, un desafío a su autoridad o una señal de que lo quieren dejar de lado. Aunque por fuera puede parecer fortaleza, por dentro lo que hay es una imagen frágil de sí misma que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro, doblegándola. Las relaciones, con el tiempo, se van organizando alrededor de la voluntad de esa persona y eso, a mediano plazo, las vacía: los demás se van callando, se van alejando, hasta que un día no queda nadie a quien llamar y ni siquiera se entiende por qué.
El punto medio que casi nadie te enseña
Entre esos dos extremos hay un lugar que no es ni sumisión ni imposición: la capacidad de decir que no sin sentir culpa y de escuchar un no del otro sin sentirlo como una amenaza. Llegar ahí tiene un costo real, y conviene no hacerse el tonto con eso, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien se depende, sea un jefe, un socio, un hermano mayor o un padre jubilado al que no se quiere defraudar. Pero ese costo, si uno lo mira con cierto detenimiento, suele ser bastante más bajo que sus consecuencias, que son las que terminan pagando el cuerpo, las amistades y a veces la pareja.
La buena noticia: se puede revisar
Lo más importante de todo esto, y lo que me dejó pensando durante varios días después de la charla en aquella sala de espera, es que esta dificultad para poner límites no es un rasgo de carácter fijo, una especie de sello de nacimiento con el que nos tocó cargar. Es algo que se construyó en un momento concreto, muchas veces en la infancia, en la cocina de la casa donde uno creció, en el comedor de la abuela, en el silencio de un padre que nunca decía lo que sentía. Y como se construyó, se puede revisar, con tiempo, con acompañamiento y con un tratamiento serio que ofrezca un espacio para aprender a decir "hasta acá" sin sentir que uno está traicionando al otro. Marta, mientras yo apagaba el grabador, me dijo algo que se me quedó grabado: "Yo a los sesenta años estoy aprendiendo a decir que no, y me da rabia haber tardado tanto, pero también me da alivio saber que se puede". Me fui de la nota pensando que a veces la mejor noticia que se le puede dar a un lector no es la que lo deja más contento, sino la que lo deja menos solo.
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