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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La cena de la noche anterior como llave para que los chicos lleguen a la escuela con algo en el estómago

Una revisión de investigaciones relaciona saltarse el desayuno con un menor rendimiento escolar en chicos y adolescentes, aunque sin probar causalidad. Una dietista de la Clínica Cleveland aporta claves prácticas para que la familia pueda armar esa comida sin que las prisas de la mañana terminen ganando.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda · · 4 min de lectura
La cena de la noche anterior como llave para que los chicos lleguen a la escuela con algo en el estómago

Lo vi con mis propios ojos una mañana cualquiera, cuando acompañé a una amiga a dejar a sus dos hijos al colegio en el colectivo de las siete y media. El mayor, de nueve años, bajó con una banana en la mano y cara de todavía estar durmiendo; la menor, de seis, se había sentado en el último asiento con un tupper de yogur y granola que su madre había preparado la noche anterior. Ninguno de los dos había probado bocado en casa, y la diferencia entre uno y otra, en pocas cuadras, fue bastante elocuente: el que llevaba la fruta se la comió sin entusiasmo, la otra masticaba con ritmo y miraba por la ventana. No es un estudio, es apenas una escena, pero sirve para entender de qué habla la evidencia cuando advierte que saltarse el desayuno suele ir de la mano de peores rendimientos escolares en chicos y adolescentes.

Una revisión sistemática que reunió 45 trabajos encontró que comer a la mañana puede colaborar con la atención, la memoria y la llamada función ejecutiva, que es algo así como el engranaje que organiza lo que uno hace, dice y piensa. Los beneficios no aparecen siempre y con la misma fuerza: dependen del tipo de prueba, de la edad de los participantes y, sobre todo, de si antes había hambre de fondo o mala alimentación. Cuando el contexto ya era el de chicos que no comían bien, desayunar parecía marcar una diferencia mayor. En paralelo, un análisis de 24 estudios observacionales vinculó la falta de esa primera comida con un mayor riesgo de desempeño académico bajo, aunque, como aclaran los propios autores, eso no demuestra que saltearse el desayuno provoque malas notas: también pueden pesar el sueño, el dinero que entra en la casa, la alimentación general y las rutinas de estudio.

Por qué importa lo que pasa antes del timbre

Después del ayuno nocturno, que son las horas que pasan entre la cena y la mañana, el cuerpo arranca con las reservas justas. Jennifer Hyland, dietista de Cleveland Clinic Children’s, lo explica con una idea que a esta cronista le sonó muy de sentido común: si no se come algo en la primera hora del día, suelen aparecer cansancio, menor claridad para pensar y hasta una lentitud física que se nota en el aula y en el patio. No es magia ni capricho: es el combustible que falta en un momento del día en el que los chicos, sobre todo los más pequeños, llevan adelante tareas cognitivas complejas.

La regla simple que propone la especialista

  • Reunir proteínas y fibra en la misma preparación, porque esa combinación ayuda a que la saciedad dure más tiempo y no aparezca el hambre de media mañana.
  • Optar por ejemplos concretos como un huevo con una tostada integral, un cereal integral con leche y fruta, o un yogur griego con granola de bajo azúcar.
  • Reducir las opciones con mucho azúcar, ya que pueden generar un pico de energía breve seguido de un bajón que favorece el cansancio y la distracción.
  • Tener en cuenta que las necesidades de proteína varían según la edad y el crecimiento de cada chico, y que no existe una cantidad única que sirva para todos.

Para que la mañana no se vuelva una carrera contra el reloj, Hyland sugiere apoyarse en lo que se pueda dejar listo la noche anterior. La avena remojada, los huevos ya hervidos y la fruta lavada son algunos de los recursos que pueden sacar del apuro a cualquier familia. Desde Cleveland Clinic también proponen congelar sándwiches de huevo y calentarlos cuando haga falta, una estrategia que, según los testimonios de varias madres y padres con los que hablé mientras preparaba esta nota, suele ser bien recibida por los chicos.

Carlos, un vecino de Lanús de 52 años que lleva a su nijo de once al colegio todas las mañanas en remís, me contó que probó con yogur griego y granola y que al principio el nene lo miraba con desconfianza, pero a la semana ya le pedía repetir. “Antes le daba una factura y a las diez estaba otra vez con hambre. Ahora aguanta hasta el almuerzo sin quejarse”, me dijo mientras esperábamos el colectivo. No es la prueba que zanja el debate, pero ayuda a entender por qué los especialistas insisten en esa dupla de proteína y fibra, y por qué la organización del día anterior puede ser la diferencia entre llegar a la escuela con energía o con el estómago vacío y la cabeza en otro lado.

“Después del ayuno nocturno, si no se come algo en la primera hora del día, suelen aparecer cansancio, menor claridad para pensar y lentitud física.”Jennifer Hyland, dietista de Cleveland Clinic Children’s
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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda

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