La chacra que sostiene una familia con sueldos de empleados y el legado de un bisabuelo que llegó de Italia con 12 años
Silvana Aiello y Jorge Stelrrig se conocieron en la puerta de un colegio, descubrieron que los dos venían de familias chacareras y decidieron volver a vivir como habían crecido. Tres años después, en las tres hectáreas que Silvana heredó, crían animales, siembran alfalfa y construyen de a poco lo que quieren dejar a sus hijos.

Llegué a la calle 9 de Centenario una mañana de sol fuerte y, antes de tocar timbre, ya se escuchaba el canto de las gallinas mezclado con el ruido de un tractor que intentaba arrancar en uno de los costados del campo. Ahí, en ese rectángulo verde de tres hectáreas donde los municipios de Centenario y Vista Alegre se tocan, me recibieron Silvana Aiello y Jorge Stelrrig, una pareja que hace exactamente lo contrario de lo que haría cualquier desprevenido: dejar la oficina para volver a la tierra, pero esta vez bancándola con el sueldo de oficinistas.
La historia arranca hace 19 años, en una puerta de colegio, mientras los dos esperaban a sus hijos. Bastó una charla para descubrir que los dos venían de familias que habían trabajado la tierra en esa misma zona de Centenario y Vista Alegre, y que los dos guardaban en la cabeza el mismo deseo: volver a vivir como habían crecido, entre animales, acequias y mesas largas. Lo que empezó como una conversación de padres en la vereda terminó, tiempo después, en una mudanza concreta a las tres hectáreas que el padre de Silvana, Ricardo, le dejó al morir. Lo hicieron como pudieron, juntando bolsas de cemento, hierros y ladrillos con lo que sobraba de los sueldos durante años, comprando cuando había un mango extra. Hasta que hace tres años, finalmente, se animaron.
Una tierra que se hizo sola mientras tanto
Cuando la familia volvió a poner manos en el campo, se encontraron con un paisaje que nadie había planeado. Donde alguna vez hubo manzanos y perales, creció un monte de olivillo y humedal que la tierra fue formando sola durante los años en que nadie pudo trabajarla. Hoy, en esas mismas tres hectáreas, hay alfalfa sembrada, gallinas que cruzan el patio, conejos agrupados en sus jaulas y una incubadora artesanal que armó Lucas, el hijo menor de Silvana, de 17 años, con sus propias manos.
“Vamos con los animales, juntamos el dinero para comprar alimento, gallinas ponedoras, pollos, y vamos buscándole la vuelta.”Silvana Aiello
Es que la ecuación económica de esta chacra es, como mínimo, curiosa y un poco al revés de lo que uno se imagina. Silvana trabaja desde hace casi veinte años como secretaria en una escuela técnica y Jorge es empleado en el área de educación de la zona. Son esos salarios, los de oficinistas con horario y todo, los que terminan pagando el forraje, los animales y la mano de obra que el campo necesita para no quedarse quieto. Por eso Silvana, de 49 años, lo resume con una frase que le sale sin pensarla: "Antes no cumplían horario. Ahora uno tiene su trabajo, cumple, y a la tarde y los fines de semana atendemos los animales. Es otro tipo de estrés". Lo hacen, aclara, a pulmón los tres: ella, Jorge y Lucas.
El legado que viene de Italia y los proyectos que miran hacia adelante
- El bisabuelo de Silvana llegó desde Italia con 12 años, alrededor de 1920, y el abuelo fue quien arrancó con la chacra en la zona de Centenario.
- Lucas, de 17 años, estudia para recibirse de técnico mecánico pero el año pasado ya crió 600 pollos parrilleros, sumó gallinas ponedoras y conejos, y armó una incubadora casera.
- Cuando termine la secundaria, Lucas quiere estudiar veterinaria y quedarse a vivir en la chacra familiar para seguir agrandando lo que sus padres armaron.
- Jorge tiene en mente plantar frutales y viñas a futuro, con la idea de producir y vender la cosecha directamente en el mismo campo.
Me fui del campo con la imagen de Silvana parada en la tranquera, despidiéndome con la mano mientras las gallinas seguían cantando atrás y el tractor viejo seguía en su lugar, esperando el próximo intento. Lo que más me quedó dando vueltas es algo que aparece cuando uno mira la historia de esta familia con un poco de perspectiva: antes la chacra sostenía a la familia y ahora, por una de esas vueltas que da la vida, es la familia la que termina sosteniendo a la chacra con sus sueldos, su tiempo libre y el esfuerzo de tres generaciones que empezaron cuando un bisabuelo llegó en botes desde Italia con 12 años y que hoy, casi cien años después, siguen apostando a vivir de la tierra en el mismo lugar.
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