Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕
Fueguinos Ahora

Fueguinos Ahora

Portada — Vida —

La mochila invisible que cargamos cada vez que criamos: por qué la infancia se cuela en la crianza

Un psicólogo especializado en trauma explica qué huellas de la propia historia reaparecen al tener hijos, por qué algunas son tan difíciles de soltar y qué pistas ayudan a darse cuenta de que se está repitiendo algo que se querría cambiar.

CL
Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda · · 4 min de lectura
La mochila invisible que cargamos cada vez que criamos: por qué la infancia se cuela en la crianza

La primera vez que lo escuché de boca de una madre, en una plaza de Caballito, me quedó dando vueltas. Ella tenía 42 años, se llamaba Laura, y me dijo con una sinceridad que desarmaba: Yo a mi nene lo abrazo todo el día, pero mi vieja nunca me abrazó, y ahora me descubro mirándolo como esperando que algo malo pase. Esa frase, que parecía simple, abre una de las preguntas más incómodas que puede hacerse un adulto: por qué repetimos con nuestros hijos lo que vivimos de chicos, incluso cuando juramos que no lo íbamos a hacer. Para entenderlo, caminé hasta el consultorio del psicólogo Maxi McCoubrey, especialista en trauma, y le pedí que me ayudara a ordenar lo que muchas familias sienten pero no siempre logran nombrar.

Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos, me arrancó diciendo McCoubrey, mientras acomodaba una taza de té sobre el escritorio. Y enseguida completó: Esa historia aparece en la forma de hablar, de poner límites, de reaccionar ante un conflicto, y también en las ideas que circulan en casa sobre el éxito, el dinero y el afecto. La frase sirve para entender algo clave: nadie empieza a criar desde cero. Cada madre y cada padre llega al momento de tener un hijo cargando una serie de marcas que, muchas veces, ni siquiera sabe que lleva puestas.

Qué marcas son las más difíciles de dejar atrás

Le pregunté al especialista cuáles son esas huellas que más cuesta identificar y modificar. Me respondió que las más resistentes no siempre son las más visibles, y agregó, al revés: muchas están tan incorporadas que no se cuestionan durante años. Entre las más frecuentes, mencionó las pérdidas silenciadas, las violencias naturalizadas, las vergüenzas heredadas y los mandatos que pasan de una generación a otra. El denominador común suele ser la rigidez: la dificultad para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo diferente.

“Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma

El punto importante, según McCoubrey, no está en repetir cualquier cosa, sino en repetir aquello que hizo sufrir sin poder reconocerlo. Por eso insistió con una idea que vale la pena subrayar: el problema no es caer en viejos hábitos, sino no darse cuenta de que se está cayendo.

Criar en contra de la propia infancia tampoco alcanza

Una idea muy extendida entre quienes tuvieron infancias difíciles es que, con no hacer lo mismo que les hicieron, alcanza. McCoubrey advierte que eso tampoco garantiza un resultado distinto. Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres, sostuvo. Y agregó un ejemplo que ayuda a visualizarlo: quien creció con una crianza rígida puede terminar creyendo que toda frustración es traumática y, por miedo a repetir, evita poner cualquier límite.

Señales de que la propia historia se está metiendo en la crianza

Le pedí al especialista que me diera una brújula para los casos donde la crianza se pone difícil. Me respondió con una idea que se parece mucho a la que usan los manuales de crianza pero que, traducida por él, suena más concreta: La clave no está en encontrar un punto medio matemático sino en mirar al hijo concreto que se tiene enfrente. Y completó: Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver.

Cambiar no es no equivocarse nunca

Antes de irme, quise llevarme una respuesta que sirviera para el día a día, no solo para la teoría. McCoubrey me miró y me dijo algo que me parece justo guardar: A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto. Esa idea, mínima y enorme al mismo tiempo, es la que le devolví a Laura cuando me escribió para contarme cómo seguía. Me dijo que tenía 43 años ahora, que sigue abrazando a su nene, y que la frase de la plaza ya no la asusta tanto. La infancia no se borra, pero se la puede dejar de pasar en silencio.

CL
Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo