Sarah Paulson entra en el universo Borden: ¿genio narrativo o disparate con todas las letras?
La cuarta entrega de la antología de Ryan Murphy cruza a Lizzie Borden con Aileen Wuornos en un juego de lecturas, fantasmas y licencias que poco tienen de histórico.

A esta altura uno ya sabe que cuando Ryan Murphy se aburre, arma un cóctel de asesinas seriales y lo sirve con bombacha y todo en Netflix. Lo nuevo de Monstruo se mandó una extravagancia: meter a Sarah Paulson como Aileen Wuornos dentro del relato sobre Lizzie Borden. Sí, leyeron bien: una muerta del siglo XX colándose en la historia de un crimen del XIX, como invitada de piedra a una cena que nadie le pidió.
Conviene separar la paja del trigo antes de aplaudir o escandalizarse. Por un lado, los antecedentes reales de Wuornos: seis condenas a muerte por asesinatos cometidos en Florida entre 1989 y 1990, una confesión que arrancó hablando de defensa propia, y la inyección letal que la mandó al otro barrio en 2002, a los 46. Por el otro, la conexión con Lizzie Borden que propone el guion. Y acá aparece el detalle que a esta cronista le hace ruido: no existe una sola prueba de que Wuornos estuviera obsesionada con los Borden, ni de que haya pasado una noche en la casa de los Borden, ni de que se haya quedado leyendo un libro sobre el caso mientras planeaba sus crímenes.
Un vínculo construido con lecturas, un road trip y unas cuantas apariciones
La serie teje el acercamiento a base de lecturas compartidas y encuentros imaginarios. Desde el cuarto episodio la acción se muda a Florida en 1988 y muestra un episodio en la ruta que termina con Wuornos matando a un hombre de un disparo. Después aparece leyendo con su novia un libro sobre Borden y, claro, encuentra en Lizzie una especie de espejo retroactivo. El sexto capítulo va un paso más allá: Wuornos se queda en la casa de los Borden mientras el montaje intercala los fragmentos de la investigación de 1892. Visiones, apariciones y diálogos con un personaje que lleva más de un siglo criando polvo. ¿Documentado? No. ¿Cinematográfico? Hasta donde el material cuenta, sí.
Ian Brennan, cocreador de la antología, soltó la frase que funciona como manual de instrucciones de la serie: buscaban darle a Wuornos un cierre satisfactorio, aunque no fuera feliz. Traducción para el público del llano: necesitaban una escena potente para cerrar el arco, y la encontraron a costa de la veracidad histórica. Mientras Lizzie aparece frente a ella en visiones y termina recibiéndola después de la muerte, el espectador se queda con la duda razonable de cuánto de esto es reconstrucción y cuánto es libreto con pretensiones poéticas.
- Wuornos fue condenada por seis asesinatos en Florida entre 1989 y 1990.
- Confesó siete muertes y, al principio, dijo haberse defendido de ataques o intentos de agresión.
- Recibió seis condenas a muerte y fue ejecutada por inyección letal en 2002, a los 46 años.
- No hay evidencia de una fascinación de Wuornos por Lizzie Borden.
- Tampoco hay constancia de que haya visitado la casa de los Borden o pasado una noche allí.
La pregunta que queda dando vueltas, como el mate después de la sobremesa, es dónde debería estar el límite de estas licencias. Las series basadas en hechos reales viven de ese equilibrio incómodo: necesitan atractivo emocional para sostenerse, pero también un mínimo de respeto por las víctimas y por los espectadores que googlean cada escena. Si el recurso sirve para entender algo del personaje, vaya y pase. Si solo está para justificar una aparición estrella de Sarah Paulson, entonces el gol narrativo se convierte en un gol en contra.
(Dicho esto con la ironía de alguien que ya no sabe si la historia que le cuentan es un true crime, un ensayo disfrazado o un capítulo largo de American Horror Story.) Si te copa el cruce de épocas y no te escandaliza que te vendan ficción con etiqueta de realidad, sentate a verla con pochoclo y dejá el celular lejos. Si sos de los que necesitan datos verificados antes de apretar play, mejor armate un documental de tres horas y dejá a Murphy para otro día.
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