Stallone, el Batman que se bajó antes de subirse al batimóvil
En 2003 un director sin un peso y sin derecho alguno convenció a Sly de calzarse el traje del hombre murciélago. Mark Hamill se prendió como Joker. Todo se desmoronó antes del primer plano. La historia, por primera vez, contada como se debe.

Paremos la pelota un segundo: en algún momento del universo, un tipo con una cámara prestada y treinta mil dólares en el bolsillo llamó a la puerta de Sylvester Stallone y le dijo "che, ¿te gustaría ser Batman?" sin tener un guion, sin tener un contrato, sin tener absolutamente nada, salvo una idea fija y una desfachatez monumental. Y Stallone dijo que sí. Hay cosas que en esta profesión uno ve pasar y tiene que hacer un esfuerzo genuino para no levantarse del silla y aplaudir. Porque eso, querido lector, no es una nota más del archivo: es una de las decisiones más surrealistas que tomó un actor de Hollywood en este siglo, y terminó, como casi siempre, en la nada más gloriosa.
El cortometraje que nunca tuvo chance (pero igual se rodó)
El director en cuestión se llama Sandy Collora y el film se llamó Batman: Dead End, un fan film de manual: sin presupuesto, sin Warner Bros. encima, sin un gramo de legalidad. La premisa era tan delirante como efectiva: Batman persigue a Joker tras una fuga del manicomio Arkham, y de repente se cruzan en el camino un xenomorfo y un depredador, esos dos monstruos que conviven en el inconsciente colectivo ochentoso. La mezcla no pedía permiso a nadie. Se estrenó en la Comic-Con de 2003 y después dio vueltas gratis por internet, como corresponde a los proyectos que nacen sin pedirle permiso a las ligas mayores.
La conversación que lo cambió todo
Lo que recién se supo años después, gracias al documental Behind the Mask: The Batman Dead End Story, es cómo se cocinó la locura. Collora le tiró la idea a Stallone casi de paso, como quien comenta que va a hacer un asado el finde. Stallone preguntó, con ese tono cansino suyo, si existía la posibilidad de que los estudios metieran la cuchara. Tras una pausa de manual, aceptó. Con Stallone a bordo, Collora fue a buscar a otro grande: Mark Hamill, el mismísimo Joker animado de los noventa, la voz que cualquier pibe de mi generación tiene tatuada en el cerebro. Hamill dijo que sí también.
Acá hay que hacer un paréntesis obligatorio para dimensionar la situación: estos dos sabían que no había derechos. No eran ingenuos. Sabían que Warner podía caer como una piano de cinco pisos en cualquier momento. Entonces Collora les pidió el favor más difícil del mundo: que no dijeran nada, que mantuvieran la boca cerrada, que se hicieran los distraídos. Y durante un rato lo lograron. Hasta que apareció la troupe en la casa de Stallone para hacer una prueba de vestuario. En ese momento el actor les soltó, con esa manera tan suya de soltar las cosas pesadas como si fueran algodón, que ya le había contado todo a su equipo profesional. Y se bajó. Hamill hizo lo propio a los pocos días. La burbuja explotó, y los pájaros se fueron.
El corto se hizo igual, pero Stallone se quedó con ganas
Collora, que es de esos directores que filmaría con un utilitario y tres velas si hace falta, terminó la peli con otros actores. Cumplió su ciclo como fan film: Comic-Con, internet, olvido relativo. Pero Stallone no se olvidó del todo. Años después, cuando el guionista Frank Miller salió a decir públicamente que lo veía como un Batman maduro para una versión de El regreso del caballero oscuro, el actor le contestó que se identificaba con el personaje, que esa cosa de héroe gastado pero de pie le cerraba, y que si la energía seguía intacta, capaz sería una revelación. Lo dijo en público, con todas las letras. No pasó de ahí. Como muchas cosas lindas en esta profesión: quedan en el aire, flotando entre lo que pudo ser y lo que finalmente fue.
¿Y si hubiera filmado?
Acá me apuesto un café en el kiosco de la esquina de que la pregunta sobrevuela más de una cabeza. ¿Hubiera cambiado algo si Stallone se ponía la capa? ¿Otro Batman, otro mundo, otra conversación? Vaya a saber. Lo concreto es que hoy existe un corto ochentoso con xenomorfos y un depredador metiéndose en una persecución de Gotham, dirigido por un fanático que no tenía nada y peleó contra todo, y esa es la postal que terminó llegando a la Comic-Con. No está mal como souvenir. Para los que quieran ver el desastre (bello, claro), el corto anda flotando por la web hace más de veinte años y se sigue dejando mirar. Para los que quieran saber cómo se cocinó la traición legal de Stallone, busquen el documental Behind the Mask. Los dos valen una tarde de sofá y un buen mate.
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