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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Una silla, el living y tres movimientos: la rutina que promete devolverle firmeza al cuerpo después de los 60

La propuesta de la entrenadora Denise Austin reúne ejercicios de fuerza y equilibrio pensados para personas mayores que quieren seguir resolviendo solas las tareas cotidianas, sin gimnasio ni elementos especiales.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda · · 4 min de lectura
Una silla, el living y tres movimientos: la rutina que promete devolverle firmeza al cuerpo después de los 60

Lo vi con mis propios ojos una tarde cualquiera, en un edificio de Caballito: una señora de alrededor de 70 años se paró frente a la silla de la cocina, cruzó los brazos al frente y, con la espalda bien derecha, bajó apenas hasta rozar el asiento con los glúteos y volvió a subir como si nada. Después se apoyó contra el borde de la mesada y estiró los brazos como si fuera a hacer una plancha, pero en alto. Y por último se sentó otra vez, recostó el tronco hacia atrás y empezó a llevar las rodillas al pecho, una y otra vez, con una constancia que daba gusto mirarla. No había mancuernas, no había máquina, no había, excuse me, no había entrenador a la vista. Solo el cuerpo, una silla y una superficie firme. Esa imagen, que parece menor, resume mejor que cualquier manual por qué una rutina simple de tres movimientos puede cambiarles la vida a las personas que pasan los 60.

La que aparece en escena es Denise Austin, una entrenadora estadounidense con décadas de trayectoria en el mundo del fitness, que viene difundiendo una propuesta pensada justamente para esa franja etaria: sostener la autonomía cotidiana a fuerza de movimientos básicos, sin pesas, sin gimnasio y sin equipamiento especial. La idea de fondo es directa y por eso mismo potente. Levantarme de una silla sin apoyar las manos, mantenerme firme al caminar, levantarme si me caigo: esas acciones que damos por sentadas empiezan a dejar de ser automáticas con el paso de los años, y cuando uno lo nota suele ser porque ya cuestan. Trabajar la fuerza, el equilibrio y la movilidad antes de que la autonomía se deteriore es, justamente, el motor de esta rutina.

Tres movimientos, un mismo objetivo

  • Toques de glúteo frente a una silla: pararse con los pies al ancho de las caderas, bajar como quien va a sentarse con la espalda recta y los brazos extendidos al frente, apenas rozar el asiento con los glúteos y volver a subir. Trabaja piernas y glúteos, la plataforma que mantiene parado a cualquiera de nosotros en la vida diaria. Se puede graduar desde apoyarse del todo hasta apenas tocar.
  • Flexiones elevadas sobre una mesa, un banco o el brazo de un sofá: manos al ancho de los hombros, codos flexionando para acercar el pecho a la superficie y brazos estirando para volver al inicio, con el abdomen activo todo el tiempo. Refuerza pecho, hombros y brazos, y la capacidad de empujar, clave para impulsarse desde una silla o recuperar el equilibrio.
  • Vacío abdominal y abdominales en V sentado: recostado unos 45 grados, con los pies despegados del piso y las rodillas flexionadas, se llevan las rodillas al pecho mientras el torso avanza y después se estiran las piernas mientras el tronco vuelve a reclinarse. La recomendación es hacer 20 repeticiones y sostener la posición final 20 segundos. Trabaja abdomen y core, con impacto directo en la postura y en la protección de la espalda.

Cuando se lo conté a Jorge, un vecino de 68 años que vive en un quinto piso sin ascensor y que hace dos meses que nota las piernas más pesadas, me miró con esa mezcla de curiosidad y desconfianza que tenemos los grandes cuando nos proponen algo nuevo. Yo no voy al gimnasio, me dijo, y ya fui dos veces al médico por la rodilla. Le conté que la gracia de estos ejercicios es justamente esa: que no hacen falta máquinas ni pesas, solo una silla firme y, para las flexiones, una mesa o el respaldo de un sillón que banque el peso. Me dijo que lo iba a probar, pero despacio. Y eso, en realidad, es lo más razonable del mundo: empezar de a poco, respetar los tiempos del cuerpo y repetir hasta que esos gestos que un día costaron vuelvan a ser automáticos.

Porque de eso se trata, en definitiva. No de bajar el pantalón en una calistenia viral ni de correr una maratón a los 70, sino de recuperar o sostener la posibilidad de hacer solo lo que uno siempre hizo: pararse de una silla sin pedir una mano, caminar por la vereda sin mirar el piso con miedo, levantarse del piso si uno se cae. Esa señora de Caballito, que no tenía idea de que estaba siguiendo una rutina de Denise Austin, lo había entendido sin que nadie se lo explique: el cuerpo se entrena para la vida diaria, no para una foto. Y la mejor herramienta, muchas veces, está apoyada contra la pared de la cocina.

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Camila Ledesma TapiaSociedad y vivienda

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